Durante buena parte de los últimos veinticinco años, los modelos de Equilibrio General Dinámico Estocástico (DSGE, por sus siglas en inglés) han constituido el paradigma dominante de la macroeconomía moderna. La Reserva Federal, el Banco Central Europeo y prácticamente todos los bancos centrales importantes del mundo los adoptaron porque ofrecían un marco analítico elegante para estudiar la interacción entre inflación, crecimiento y tasas de interés dentro de un sistema coherente que integraba las decisiones de hogares, empresas, gobiernos y autoridades monetarias. Durante mucho tiempo, estos modelos parecieron ofrecer una explicación suficientemente sólida del funcionamiento de la economía y una guía confiable para la conducción de la política monetaria.

Sin embargo, las grandes crisis de las últimas dos décadas han puesto de manifiesto que esa confianza era, cuando menos, excesiva. La crisis financiera mundial de 2008, el prolongado estancamiento de Japón, la pandemia de COVID-19 y el episodio inflacionario que le siguió demostraron que los modelos DSGE describen razonablemente bien una economía que fluctúa alrededor de un equilibrio estable, pero pierden buena parte de su capacidad explicativa cuando aparecen perturbaciones extraordinarias, tensiones financieras o cambios abruptos en las expectativas. Precisamente en los momentos en que los bancos centrales necesitan comprender mejor la economía, los modelos sobre los cuales descansan muchas de sus decisiones ofrecen respuestas parciales o, en algunos casos, claramente equivocadas.

Las limitaciones comienzan en los propios fundamentos microeconómicos del modelo. En su formulación tradicional, los DSGE suponen que hogares y empresas actúan como agentes perfectamente racionales, disponen de toda la información relevante y toman decisiones óptimas en cada momento. Estos supuestos simplifican enormemente el tratamiento matemático, pero representan una versión excesivamente estilizada del comportamiento económico.

Hace ya varias décadas que la investigación económica comenzó a desmontar esa visión. George Akerlof, en su célebre artículo The Market for “Lemons” (1970), mostró que las asimetrías de información pueden impedir que los mercados funcionen eficientemente. Posteriormente, Joseph Stiglitz desarrolló junto con Michael Spence una extensa literatura demostrando que la información imperfecta no constituye una excepción, sino una característica permanente de las economías modernas. Más recientemente, Daniel Kahneman y Richard Thaler demostraron que las personas no toman decisiones siguiendo complejos ejercicios de optimización, sino que responden a sesgos cognitivos, emociones, incertidumbre y reglas prácticas de comportamiento.

Estos aportes transformaron profundamente la microeconomía contemporánea, pero su incorporación a los modelos DSGE ha sido limitada. Como señaló Joseph Stiglitz en su conocido artículo Where Modern Macroeconomics Went Wrong (2018), buena parte de la macroeconomía moderna continuó construyéndose sobre microfundamentos que ya habían sido cuestionados por la propia teoría económica, lo que terminó debilitando la capacidad explicativa de los modelos precisamente cuando más se necesitaban.

Las limitaciones del enfoque DSGE se vuelven todavía más evidentes cuando se analiza el sistema financiero. Antes de la crisis de 2008, la mayoría de estos modelos trataba a los bancos como simples intermediarios, suponía que el crédito fluía sin mayores fricciones y asumía que el riesgo financiero permanecía suficientemente contenido como para no alterar la dinámica macroeconómica. El colapso de Lehman Brothers demostró que esas simplificaciones dejaban fuera precisamente los mecanismos que terminaron desencadenando la mayor crisis económica desde la Gran Depresión.

Como argumentó Ricardo Caballero en Macroeconomics after the Crisis: Time to Deal with the Pretense-of-Knowledge Syndrome (2010), la profesión terminó desarrollando modelos extraordinariamente sofisticados para analizar perturbaciones pequeñas alrededor del equilibrio, pero sorprendentemente poco útiles para comprender crisis sistémicas. Los DSGE suponían estabilidad precisamente allí donde el sistema era más vulnerable.

Las crisis financieras no suelen comenzar porque la inflación aumente unas décimas o porque el desempleo registre un ligero incremento. Normalmente se gestan durante años mediante la acumulación de deuda, el aumento del apalancamiento, el deterioro de los balances, las burbujas en los precios de los activos y cambios graduales en la percepción del riesgo que, llegado cierto punto, se retroalimentan hasta desencadenar una crisis generalizada. Ninguno de estos procesos ocupa un lugar central dentro de los modelos DSGE tradicionales.

Los avances recientes apuntan en otra dirección. Tobias Adrian y Rui Duarte muestran que, cuando las vulnerabilidades financieras se incorporan explícitamente a los modelos macroeconómicos, las recomendaciones de política monetaria cambian de forma significativa. Bajo este enfoque, el banco central no debería limitarse a reaccionar frente a la inflación y el empleo, sino también frente al crecimiento del crédito, el nivel de apalancamiento, las primas por riesgo y la evolución de los precios de los activos, variables que con frecuencia ofrecen señales tempranas de fragilidad financiera mucho antes de que aparezcan presiones inflacionarias.

Otra de las grandes debilidades de los modelos DSGE quedó expuesta por la experiencia japonesa. Durante casi dos décadas, Japón mantuvo tasas de interés cercanas a cero mientras la inflación permanecía persistentemente baja y el crecimiento económico seguía siendo anémico. Según la teoría convencional, una política monetaria suficientemente expansiva debía terminar estimulando la demanda agregada y devolviendo la economía a su equilibrio. Sin embargo, eso nunca ocurrió.

Paul Krugman ya había advertido esta posibilidad en su influyente ensayo It’s Baaack: Japan’s Slump and the Return of the Liquidity Trap (1998), donde rescató un concepto que durante décadas había permanecido prácticamente olvidado: la trampa de liquidez. La experiencia japonesa demostraba que una economía podía permanecer atrapada durante largos períodos en un equilibrio de bajo crecimiento y baja inflación, aun cuando las tasas de interés ya no pudieran reducirse más.

Tres años después, Jess Benhabib, Stephanie Schmitt-Grohé y Martín Uribe ofrecieron la explicación formal en The Perils of Taylor Rules (2001). Su trabajo mostró que, una vez incorporado el límite inferior cercano a cero para las tasas de interés, los modelos monetarios estándar dejan de generar un único equilibrio y pasan a admitir un segundo estado estacionario caracterizado por inflación persistentemente baja, débil crecimiento y tasas de interés bloqueadas en el límite inferior. La paradoja resulta notable: la misma regla de política monetaria inspirada en John Taylor, diseñada para estabilizar la inflación, también genera las condiciones bajo las cuales la economía puede quedar atrapada en una situación de estancamiento permanente.

Lo más sorprendente es que este resultado permaneció prácticamente al margen del debate durante muchos años. En 2010, James Bullard, entonces presidente de la Reserva Federal de St. Louis, retomó precisamente este argumento en Seven Faces of “The Peril”, donde advirtió que Estados Unidos podía deslizarse hacia una situación similar a la experimentada por Japón. La advertencia provenía de uno de los propios responsables de la política monetaria estadounidense y utilizaba exactamente los mismos modelos DSGE para demostrar que existía un segundo equilibrio al que la economía podía converger. A pesar de ello, la mayor parte de la profesión continuó concentrándose en el equilibrio considerado “normal”, prestando escasa atención al escenario alternativo.

¿Por qué ocurrió esto? La respuesta tiene menos que ver con la teoría económica que con la forma en que normalmente se resuelven estos modelos.

La inmensa mayoría de los DSGE utiliza aproximaciones lineales que analizan únicamente el comportamiento de la economía alrededor del equilibrio deseado. Este procedimiento simplifica enormemente las ecuaciones y facilita las simulaciones, pero también elimina las relaciones no lineales que caracterizan los episodios de crisis. Como resultado, desaparecen del análisis los cambios abruptos de expectativas, los mecanismos de contagio, los equilibrios múltiples y los procesos acumulativos que convierten pequeñas perturbaciones en crisis sistémicas.

Joseph Stiglitz ha insistido en que esta excesiva dependencia de la linealización terminó generando una falsa sensación de precisión matemática. Los modelos eran internamente consistentes, pero describían una economía mucho más estable que la observada en la realidad.

A estas limitaciones se suma otra simplificación igualmente importante: el supuesto del agente representativo. En lugar de modelar millones de hogares con diferentes niveles de ingreso, riqueza, endeudamiento y acceso al crédito, la mayoría de los modelos DSGE resume toda la economía mediante un único consumidor hipotético. Esta decisión facilita enormemente el análisis, pero elimina uno de los rasgos fundamentales de cualquier economía moderna: la heterogeneidad.

Las decisiones de política monetaria afectan de manera muy distinta a los diferentes grupos sociales. Un aumento de las tasas de interés tiene consecuencias muy diferentes para una familia altamente endeudada que para un jubilado cuyos ingresos provienen de activos financieros. Del mismo modo, la inflación reduce mucho más el poder adquisitivo de los hogares de menores ingresos que el de aquellos con patrimonios diversificados. Ignorar estas diferencias impide evaluar adecuadamente los efectos distributivos de la política monetaria y limita la comprensión del mecanismo mediante el cual las decisiones del banco central afectan el consumo, el ahorro y la inversión.

Olivier Blanchard, en su ensayo On the Future of Macroeconomic Models (2018), sostiene que la macroeconomía no necesita abandonar los modelos DSGE, pero sí ampliar considerablemente su alcance incorporando heterogeneidad entre agentes, fricciones financieras, rigideces institucionales y una representación mucho más realista de la economía. En lugar de buscar un único modelo capaz de responder todas las preguntas, Blanchard propone utilizar diferentes herramientas según el problema que enfrenten las autoridades monetarias.

Las expectativas constituyen otro aspecto donde los modelos tradicionales siguen mostrando importantes limitaciones. La hipótesis de expectativas racionales supone que hogares y empresas comprenden correctamente el funcionamiento de la economía y forman pronósticos consistentes sobre el futuro. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que las expectativas evolucionan bajo la influencia de la incertidumbre política, la información disponible, los medios de comunicación, las redes sociales y las experiencias personales. La confianza deja de ser simplemente una consecuencia del ciclo económico para convertirse en uno de sus principales determinantes.

La inflación posterior a la pandemia volvió a demostrar que las perturbaciones contemporáneas difícilmente pueden analizarse únicamente desde la demanda agregada. Las interrupciones de las cadenas globales de suministro, la escasez de mano de obra, el encarecimiento de la energía, las tensiones geopolíticas y la reorganización del comercio internacional desempeñaron un papel central en el aumento de los precios, mientras que los modelos convencionales tenían escasa capacidad para integrar simultáneamente todos estos factores.

Mirando hacia adelante, los desafíos serán todavía mayores. El cambio climático, la inteligencia artificial, el envejecimiento demográfico, la fragmentación geopolítica y los riesgos cibernéticos modificarán el comportamiento de la inflación, la productividad y la estabilidad financiera de formas que difícilmente podrán analizarse utilizando exclusivamente los modelos DSGE tradicionales.

Nada de esto implica que estos modelos deban ser abandonados. Siguen siendo herramientas útiles para organizar el análisis económico y garantizar consistencia entre las distintas variables macroeconómicas. Sin embargo, la experiencia acumulada durante los últimos veinticinco años demuestra que difícilmente podrán seguir siendo el único referente para la política monetaria si continúan dejando fuera aspectos esenciales del funcionamiento de las economías contemporáneas.

La macroeconomía necesita avanzar hacia modelos capaces de integrar los aportes de la economía de la información, la economía del comportamiento, las fricciones financieras, los modelos con agentes heterogéneos, las dinámicas no lineales y los riesgos sistémicos. Solo así los bancos centrales estarán en mejores condiciones para evaluar las verdaderas condiciones monetarias de la economía, anticipar vulnerabilidades antes de que desemboquen en nuevas crisis y diseñar políticas que respondan a un mundo considerablemente más complejo que el imaginado por los modelos DSGE de finales del siglo pasado.

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