Imagine querer algo profundamente —una relación íntima, una vida de pareja plena— y que su propio cuerpo se lo impida sin que usted lo decida. Eso es el vaginismo, una contracción involuntaria de los músculos que rodean la vagina, que hace que la penetración sea dolorosa o, en muchos casos, imposible.

No es un capricho, no es “falta de ganas” y no es algo que la mujer controle a voluntad. Es un reflejo de defensa del cuerpo, muchas veces sin que la mente sepa siquiera por qué se activa.

¿Qué tan común es?

Aquí está el primer mito que hay que derribar: se cree que es raro, pero no lo es. Las cifras varían según el estudio y la población, lo que ya nos dice algo importante: se cree que la incidencia de vaginismo oscila entre el 1 % y el 40 % anual en todo el mundo, según el estudio de Vuvatech.

Esta brecha tan amplia en las estadísticas globales se debe, principalmente, al profundo subregistro y a la falta de diagnóstico; una realidad clínica que sitúa el problema como una de las disfunciones más comunes y, al mismo tiempo, menos declaradas.

En España, la Sociedad Española de Medicina General reporta que afecta a un 12 % de la población femenina (IVI). Y en consultas de sexología, representa hasta el 20 % de las consultas sexológicas femeninas en algunos hospitales.

¿Por qué varía tanto el número?

Porque muchas mujeres nunca consultan. Viven con esto en silencio durante años, a veces toda una vida, convencidas de que es algo “que no tiene solución” o demasiado vergonzoso para hablarlo. Eso significa que la cifra real probablemente es mayor que lo que las estadísticas oficiales reflejan.

¿Qué lo produce?

El vaginismo casi nunca tiene una sola causa. Generalmente es una combinación de factores:

• Psicológicos: miedo al dolor, ansiedad, experiencias traumáticas o abuso sexual previo, condiciones como depresión o trastornos de ansiedad.

• Emocionales: educación sexual marcada por culpa, vergüenza o tabú; relaciones de pareja con conflictos no resueltos.

• Físicos: infecciones vaginales recurrentes, partos difíciles, episiotomías, cirugías ginecológicas o cualquier experiencia que el cuerpo asocie con dolor en esa zona.

Existen dos tipos: el primario, cuando la mujer nunca ha logrado tener penetración, frecuente en adolescentes y mujeres jóvenes; y el secundario, cuando sí pudo tenerla en el pasado, pero después desarrolló la dificultad, generalmente ligado a una causa física o a un evento puntual.

Herencia social

Este trastorno arrastra un peso histórico inmenso. Las generaciones mayores (Baby Boomers y parte de la generación X) solían normalizar el dolor en las relaciones debido a una educación basada en el deber y el silencio.

Sin embargo, las generaciones jóvenes (Millennials y generación Z) están rompiendo el tabú gracias a la apertura y la educación digital, aunque ahora se enfrentan a la frustración de las expectativas del “placer inmediato”.

El silencio que agrava la herida

Lo más doloroso del vaginismo no siempre es el síntoma físico, sino el peso emocional que carga: la culpa, la sensación de “fallarle” a la pareja, el miedo a no ser “una mujer completa”.

Muchas pacientes llegan a consulta después de años de matrimonio sin haber podido consumar la relación, cargando ese secreto en silencio, sin saber que tiene nombre, causa y tratamiento.

Sí, tiene solución

El vaginismo se trata. No es un diagnóstico “de por vida”. Requiere un abordaje integral: terapia sexual, trabajo de piso pélvico y, en muchos casos, terapia de pareja, porque la sanación no es solo individual, es también vincular.

Reconocer el problema, hablarlo sin vergüenza y buscar ayuda profesional son los primeros pasos para recuperar algo que le pertenece a cada mujer: su cuerpo, su placer y su intimidad.

Si usted o alguien que conoce vive esto, sepa que no está sola y que no es su culpa. Las cicatrices invisibles también se sanan.

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