La República Dominicana no necesita que le recuerden su belleza. Necesita que empecemos a estar a su altura. Que dejemos de maltratarla.
Llamo civilizado a todo pueblo capaz de conversar consigo mismo. No solo de hablar, opinar o gritar, sino de escucharse sin ponerse a la defensiva.
Y acaso nuestra tragedia más íntima sea esa: todavía no sabemos mirarnos. Nos alabamos en público y nos maltratamos en la práctica. Defendemos el país como si fuera sagrado, pero lo organizamos como si la gente estorbara.
Maltratamos el país cuando convertimos la ciudad en una prueba de resistencia: torres sin comunidad, avenidas sin sombra, aceras rotas, parques pobres, plazas inaccesibles, espacios hechos para ser vistos, no vividos.
Pero ese maltrato no viene solo de arriba. También lo practicamos nosotros. Invadimos las aceras, levantamos rejas, normalizamos el obstáculo y luego nos quejamos de vivir atrapados en él. Tratamos lo común como si no fuera de nadie.
Basta mirar un semáforo en Santo Domingo para entender la violencia silenciosa que hemos normalizado: el motor sobre la acera, el carro mordiendo el paso peatonal, la bocina como idioma, el peatón cruzando como si pidiera permiso para existir. Nadie cede. Nadie espera. Nadie confía.
Hemos confundido movimiento con destino: levantar, inaugurar, corregir, anunciar, volver a empezar. Como si girar bastara para avanzar.
No hay modernidad donde el ciudadano estorba.
Una ciudad donde el niño no puede caminar, el viejo no puede sentarse y el pobre no puede descansar no está creciendo: está aprendiendo a despreciarse.
Gobernar también es tener oído.
Oído para la ciudad.
Oído para los silencios.
Oído para lo que un país canta incluso cuando nadie quiere escucharlo.
Luis “El Terror” Días decía que el problema de este país era que quienes gobernaban no sabían de música. No hablaba de entretenimiento. Hablaba de sensibilidad política: ritmo, pausa, intuición, calle. La capacidad de escuchar lo que un pueblo es antes de intentar ordenarlo desde arriba.
La República Dominicana suena mejor de lo que se gobierna.
Este pueblo canta mejor de lo que suele ser escuchado. Resiste más de lo que merecen muchas instituciones. Sueña incluso cuando lo administran quienes confunden orden con silencio, desarrollo con cemento y poder con control.
No somos alegres porque todo nos haya salido bien. Somos alegres porque algo en este pueblo se negó a entregarle el alma completa a la tragedia. Esa alegría no es relajo. Es inteligencia popular. Es una forma de no rendirse.
Por eso la alegría también es infraestructura.
Un país que no produce motivos termina produciendo hastío. Un país que no cuida sus espacios fabrica soledad. Un país que no escucha su música profunda termina gobernado por el ruido.
Aquí hay demasiada vida para seguir administrándola con tanta pequeñez y luego llamarle desarrollo.
La belleza no absuelve. Obliga.
Precisamente porque este país vale tanto, no merece ciudades feas ni poderes sin imaginación. Porque aquí hay inteligencia, sensibilidad y fuerza, no podemos seguir premiando al que daña más que al que construye.
Amar este país no es aplaudirlo todo. Es exigirle más al Gobierno, a la élite, a la historia, al pueblo y a uno mismo.
El problema no es que el país sea pequeño. Es que demasiadas veces lo tratamos como si no mereciera grandeza.
La República Dominicana ya es hermosa.
Lo verdaderamente difícil es estar a la altura de ella.