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EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.- El 10 de marzo de 1946, la historia de Dajabón cambió para siempre con la llegada de los primeros internos a lo que hoy conocemos como el Instituto Tecnológico San Ignacio de Loyola (ITESIL).
Lo que comenzó como una modesta escuela agrícola para varones, regenteada inicialmente por los Hermanos Cruzados de San Juan Evangelista y luego por la Compañía de Jesús, ha evolucionado hasta convertirse en faro educativo por excelencia de la Línea Noroeste. Hoy, con más de tres mil graduados, el «Loyola Dajabón» no solo entrega títulos, sino ciudadanos capaces de asumir la patria como un «proyecto en permanente construcción».
El elemento diferenciador del ITESIL radica en su filosofía ignaciana, un sello que invita a sus miembros a ser «contemplativos en la acción». Para la institución, la excelencia técnica es muy importante, pero no tanto como la formación del ser. Así lo explica su rector, el padre Chepe: «Nosotros no formamos técnicos, nosotros formamos ciudadanos y ciudadanas con competencia técnica; son personas comprometidas, competentes, pero no solo con la técnica, sino con el desarrollo humano y social».

En ITESIL ofrecen bachillerato con énfasis en nueve áreas: Informática, Enfermería, Electricidad, Ebanistería, Mecánica, Agronomía, Veterinaria, Refrigeración e Industrias Alimentarias. También se ofrece ingeniería con tres opciones de salida: agroempresarial, industrial y eléctrica. A esto se suma la educación continuada, con especial enfoque en las micro, pequeñas y medianas empresas.
Pero toda esa oferta tiene como punto en común el cultivo de cuatro relaciones fundamentales: con uno mismo, con los demás, con Dios y con el medio ambiente. En un mundo dominado por algoritmos e inteligencia artificial, el ITESIL apuesta por formar el «corazón» de quien usa la tecnología. El objetivo es que el egresado sepa usar la técnica para servir a la humanidad, asegurando que el «para qué» sea siempre el bienestar común.

Un botón de muestra
La calidad de la formación se refleja en estudiantes como Thalianny Brito, presidenta del centro excursionista y futura agrónoma, quien destaca que la diferencia de un egresado de esta casa de formación es el aspecto actitudinal: «Aquí, las personas vamos desarrollando actitudes que nos preparan para la vida… esos principios de San Ignacio de Loyola, esos principios humanos que nos conectan más a Dios, también nos conectan con la comunidad y nos hacen ser mejores personas».

En ITESIL, la formación no se queda en el aula. Con un ambicioso plan estratégico, este centro ignaciano ha respondido a los cambios en el mundo, en el país, pero fundamentalmente en la región. De ese plan han surgido la educación continuada, un centro de idiomas (inglés, francés y creole) y las ofertas de ingeniería. Eso ha implicado un rediseño de infraestructura que dé respuesta a una población estudiantil que se ha duplicado. Pero también ese plan ha incluido laboratorios de investigación para diagnosticar y ofrecer respuestas a los principales problemas regionales.

Un centro conectado con la región
El impacto del ITESIL trasciende la educación y se inserta en el tejido empresarial a través del Centro Mipymes. Este centro asesora a más de 100 micro y pequeñas empresas, desde fábricas de quesos hasta talleres mecánicos, buscando su sostenibilidad en una región donde el 90% de los emprendimientos solían fracasar.

Un ejemplo vivo de esa conexión lo encarna un egresado de agronomía que hoy dirige «Soluciones Villarod», una consultoría de marketing y planificación estratégica. Su testimonio rompe el mito de que «nadie es profeta en su tierra»: «El mérito… está en construir tu propio proyecto en tu pueblo y aportarle a tu comunidad a la vez que también le aportas a tu familia». Francisco Rodríguez destaca que la base recibida en Loyola fue lo que le permitió alcanzar honores en su ingeniería y maestría, demostrando que los egresados del ITESIL «dan para todo».

Un antes y un después
La frontera dominicana ya no se ve solo como un punto de intercambio inestable con Haití. Con la reciente aprobación de Dajabón como provincia ecoturística, se abren avenidas de riqueza en el turismo ecológico, histórico y solidario. El ITESIL se prepara para este futuro fomentando que el talento joven se quede en la región; de hecho, ya un 20% de los egresados que antes emigraban ha decidido emprender localmente.

Para jóvenes que hoy buscan un norte, el camino hacia el éxito requiere tres llaves fundamentales que el ITESIL promueve incansablemente: pasión (que te guste hacerlo), preparación (que sepas hacerlo) y mercado (que haya quien lo consuma). Con la democratización de los medios y el acceso a la tecnología, el joven de hoy tiene su propio «canal de televisión» a un clic de distancia, pero necesita «abrir los ojos a las posibilidades» y prepararse para aprovechar oportunidades.

El ITESIL concluye cada año rindiendo cuentas y demostrando que, con transparencia y un propósito claro, es posible atraer inversiones que transformen la vida ordinaria en algo extraordinario. La esperanza en la frontera no es un sueño lejano, sino una realidad que se construye día a día en los campos, talleres y aulas de «Loyola Dajabón», formando a los líderes que seguirán encontrando a Dios en el servicio a los demás.
POR NÉSTOR ESTÉVEZ
(ESPECIAL PARA EL NUEVO DIARIO)
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