La discusión política en torno a las ideologías tiene un valor innegable. Desde el punto de vista de la formación individual, debatir sobre el rol del estado, el mercado o la justicia social ayuda a moldear el carácter ciudadano y da un sentido ético a nuestras posiciones personales. Sin embargo, cuando se cruza el umbral del Palacio Nacional y se asume la presidencia de la República, la retórica tiene que dar paso a la realidad. Como gestor público, a un mandatario no se le evalúa por la pureza de su doctrina, sino por la contundencia de sus resultados. En el ejercicio del poder el pragmatismo no es una opción, es una imposición de los hechos.

La historia universal demuestra que las naciones avanzan cuando sus líderes entienden el signo de sus tiempos por encima de sus manuales partidarios. En la Europa de los años ochenta, convivían la rigidez liberal de Margaret Thatcher en el Reino Unido y el socialismo francés de François Mitterrand. A pesar de encontrarse en polos ideológicos opuestos, ambos gobernaron en una época de notable dinamismo para la región porque supieron adaptar sus agendas a las crisis y necesidades materiales de sus respectivos contextos, priorizando la estabilidad y el crecimiento sobre el dogma.

Esta necesidad de pragmatismo se agudiza drásticamente en los países en vías de desarrollo. En realidades como la nuestra, aplicar una receta ideológica de laboratorio es casi imposible, pues choca de frente con urgencias estructurales que no admiten dilación. A un presidente no se le permite el lujo de teorizar cuando se trata de garantizar la paz social o sostener un sistema eléctrico nacional que, nos guste o no, requiere de subsidios estatales para no colapsar y arrastrar consigo la economía. Las crisis cotidianas de servicios públicos, infraestructura y seguridad se resuelven con gerencia técnica, no con manifiestos ideológicos.

No es izquierda o derecha, es EFICIENCIA

De cara al horizonte electoral que se avecina, esta reflexión se vuelve urgente. En un ambiente internacional profundamente polarizado y sesgado por debates culturales e ideológicos ajenos, los dominicanos tendremos la tarea de elegir una nueva conducción para el Estado. El riesgo de importar disputas estériles de izquierda contra derecha es alto, y solo servirá para desviar la atención de lo verdaderamente importante: la capacidad de ejecución, la sostenibilidad fiscal y la eficiencia administrativa de quienes aspiren a gobernar.

Afortunadamente, la República Dominicana cuenta con una sólida escuela de realismo político. Desde 1966 hasta la fecha, los partidos y gobernantes que han administrado el Estado han mantenido un hilo conductor de pragmatismo. Un ejemplo memorable ocurrió en 1978, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) llegó al poder manteniendo fuertes lazos de solidaridad internacional con el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP). No obstante, una vez asumida la conducción del Estado, el presidente Antonio Guzmán priorizó la política exterior y los intereses estratégicos del país, respetando las relaciones diplomáticas y el statu quo con Puerto Rico. Guzmán entendió perfectamente la diferencia entre la simpatía partidaria y la responsabilidad de Estado.

Gobernar es asignar recursos escasos para resolver problemas complejos. El votante dominicano del futuro debe afinar la mirada para distinguir entre los ilusionistas de la retórica y los verdaderos gerentes públicos. En un mundo volátil, el éxito de una gestión no se mide por la dirección hacia donde gire su discurso, sino por la eficiencia con la que solucione la vida de la gente.

Como ciudadano y político, no escondo mis convicciones, soy conservador, creo profundamente en el valor de la familia, soy provida y defiendo una visión tradicionalista de la sociedad. Haber aspirado a una diputación me permitió conectar directamente con las fibras más profundas de nuestra identidad. Sin embargo, tener principios firmes no me impide entender que el Estado no es un templo para la pureza ideológica sino una maquinaria de altísima sofisticación. Una cosa es el compás moral que guía nuestras vidas y otra muy distinta la administración de la cosa pública. La fe y los valores sostienen el alma de una nación, pero la eficiencia y el orden técnico sustentan su viabilidad diaria.

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