Reacciones ministeriales airadas, comentarios editoriales pugnaces y una avalancha de “likes” inundaron las redes sociales cuando aconteció lo que muchos anticipaban como elemental: la contundente victoria futbolística de Haití sobre Dominicana, 4 a 1. Un resultado convertido en detonante de recelos binacionales.

De ambas partes, los ánimos se inflamaron como chispas en praderas secas. Parecería que un balón cargara sobre sí, el peso de dos siglos de desencuentros, prejuicios y oportunidades desaprovechadas. Examínese como quedó destruido el Estadio Cibao, cuando Licey fue aplastado por las Águilas, y qué hicimos al respecto.

Cuando dos naciones fronterizas comparten población, economía, historia y expresiones culturales, resulta indispensable encerrar las pasiones en el armario. La rivalidad deportiva es legítima; convertirla en hostilidad colectiva, constituye una peligrosa irresponsabilidad política y social.

Precisamente, Fernando Capellán, empresario dominicano de extraordinaria trayectoria en la frontera, planteó durante los conversatorios de Cepal en Santiago, una reflexión que merece trascender aquel escenario: los likes de Instagram, X y Facebook, no pueden convertirse en referencia para conducir las relaciones armoniosas que deben existir entre dos naciones.

¡Cuánta razón encierra esa advertencia! Dos países cuyas interdependencias económicas, inversiones, comercio, remesas, abastecimiento de productos y otros intercambios, podrían representar conjuntamente magnitudes superiores a los diez mil millones de dólares, no pueden permitir que cada acontecimiento cultural o deportivo, se transforme en una nueva cosecha de las “Uvas de la Ira”.

La novela de John Steinbeck, galardonada con el premio Pulitzer en 1940, retrató precariedades, desplazamiento humano e injusticia social, que recuerdan cómo las frustraciones acumuladas pueden alimentar resentimientos colectivos, cuando faltan respuestas institucionales.

República Dominicana tiene pleno derecho a defender su soberanía, regular sus fronteras y aplicar sus leyes migratorias. Haití, igualmente, merece recuperar su estabilidad, reconstruir instituciones y ofrecer oportunidades dignas a su población. Ninguno de estos propósitos impone cultivar enemistades. Diplomacia, empresariado, medios, universidades y liderazgos comunitarios deben aprender a transformar la vecindad geográfica en cooperación inteligente. Respetar diferencias y reconocer intereses legítimos de cada Estado.

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