El balance de la Reserva Federal sigue siendo mucho mayor que antes de la crisis financiera mundial, a pesar del proceso de ajuste cuantitativo iniciado en 2022. Esta situación ha reavivado un viejo debate sobre cuál debería ser la dimensión adecuada de la presencia de un banco central en los mercados financieros. Concentrarse únicamente en el tamaño del balance, sin embargo, deja de lado una cuestión más importante. La Fed no debería proponerse alcanzar el balance más pequeño posible, sino encontrar el menor tamaño que le permita mantener el control sobre las tasas de interés de corto plazo, preservar el funcionamiento normal de los mercados financieros y proporcionar suficiente liquidez para que el sistema bancario pueda absorber choques inesperados.

Esta distinción es importante porque reducir el balance no constituye un ejercicio puramente mecánico. Cuando los bonos del Tesoro o los títulos respaldados por hipotecas llegan a su vencimiento y la Fed decide no reemplazarlos, sus activos disminuyen y, eventualmente, también lo hacen las reservas bancarias u otros pasivos de la Reserva Federal. En un principio, retirar reservas de un sistema con abundante liquidez puede tener pocas consecuencias, pero llega un momento en que una reducción similar puede provocar una reacción muy distinta: los bancos se vuelven más reacios a desprenderse de su liquidez, aumentan los costos del financiamiento a un día y perturbaciones relativamente pequeñas pueden generar movimientos considerables en las tasas de los mercados monetarios.

Lo ocurrido en septiembre de 2019 ofrece una advertencia útil. Varios años de normalización del balance ya habían reducido las reservas bancarias cuando los pagos de impuestos corporativos y las liquidaciones de operaciones del Tesoro retiraron aproximadamente US$120,000 millones del sistema en apenas dos días hábiles. Las tasas de los acuerdos de recompra, o repos, se dispararon, las presiones se extendieron al mercado de fondos federales y la Fed se vio obligada a intervenir (Anbil, Anderson y Senyuz, 2020). Trabajos más recientes de Copeland, Duffie y Yang (2025) sugieren que la cantidad agregada de reservas explica solamente una parte del problema, pues también importa dónde se encuentran. El sistema bancario puede parecer líquido en su conjunto mientras algunas instituciones que desempeñan un papel importante en los mercados mayoristas de financiamiento se encuentran mucho más cerca de sus límites de liquidez.

De esta experiencia se desprende una conclusión más amplia: resulta difícil determinar con precisión cuántas reservas necesita realmente el sistema bancario. Esa cantidad cambia a medida que evoluciona la regulación, fluctúa la emisión de deuda del Tesoro, se modifican los flujos de pagos y los bancos ajustan la manera en que administran su liquidez. Intentar establecer de antemano un nivel fijo de reservas crea, por tanto, una falsa sensación de precisión. Una alternativa más razonable sería permitir que los precios de mercado indiquen cuándo el sistema comienza a acercarse a una situación de escasez.

La Fed podría continuar permitiendo el vencimiento de sus títulos sin reinvertirlos mientras observa cuidadosamente la relación entre la tasa de los fondos federales, la tasa de interés pagada sobre las reservas bancarias, las tasas repo, la SOFR, la utilización de las facilidades permanentes de liquidez y la dispersión de las tasas de financiamiento a un día. Mientras estos indicadores permanezcan relativamente estables, la reducción del balance podría continuar; una presión alcista persistente en los mercados de financiamiento sería, en cambio, una señal para moderar el ritmo. De esta manera, la Fed podría aproximarse gradualmente al nivel mínimo compatible con un régimen de reservas abundantes, en lugar de descubrir el límite después de haberlo sobrepasado.

Este enfoque difiere en cierta medida del argumento según el cual la clave consiste en generar deliberadamente un diferencial de entre 10 y 25 puntos básicos entre las tasas de mercado y el interés pagado sobre las reservas. La lógica de esa propuesta es convincente: cuando mantener reservas prácticamente no tiene costo de oportunidad, los bancos tienen pocos incentivos para economizarlas y, con el tiempo, tanto las prácticas regulatorias como la gestión de liquidez pueden adaptarse a un entorno caracterizado por su abundancia. Establecer deliberadamente un diferencial determinado, no obstante, corre el riesgo de sustituir un objetivo numérico por otro. Lo realmente importante es que las tasas de mercado proporcionen incentivos suficientes para que los bancos administren eficientemente su liquidez sin provocar tensiones como las observadas en 2019.

Una estrategia exitosa también requeriría reconsiderar el papel de las facilidades de liquidez de la Fed. Los bancos mantienen reservas precautorias, en parte, porque recurrir a la ventanilla de descuento ha estado tradicionalmente asociado con cierto estigma. Una institución que teme que utilizar esa facilidad pueda interpretarse como una señal de debilidad tiene razones evidentes para mantener un colchón de liquidez mayor. Normalizar el acceso a la ventanilla de descuento, asegurar que los bancos comprueben periódicamente su capacidad para obtener financiamiento y mantener facilidades permanentes creíbles podrían reducir parte de esa demanda precautoria de reservas.

Existe, no obstante, un límite. Un sistema financiero en el que los bancos recurran habitualmente al banco central para administrar su liquidez cotidiana no es necesariamente mejor que uno saturado de reservas. Los mercados monetarios privados deben continuar cumpliendo su función básica de transferir liquidez desde las instituciones con exceso de efectivo hacia aquellas que la necesitan. Acharya, Chauhan, Rajan y Steffen (2024) identifican otra complicación: una expansión prolongada del balance del banco central puede incentivar a los bancos a crear obligaciones de liquidez que no desaparecen automáticamente cuando se revierte la expansión cuantitativa. En otras palabras, el sistema financiero se adapta a la abundancia de liquidez del banco central, pero esas mismas adaptaciones pueden dificultar posteriormente su retiro. La reducción del balance debe producirse, por tanto, a un ritmo que permita a los bancos ajustar sus propios balances y prácticas de financiamiento.

La composición de los activos de la Fed también importa. Con el tiempo, su cartera debería concentrarse cada vez más en bonos del Tesoro, mientras los títulos respaldados por hipotecas de agencias disminuyen gradualmente a medida que vencen. Mantener principalmente bonos del Tesoro reduciría la influencia de la Fed sobre la asignación de crédito entre distintos sectores de la economía, pero esto no significa que deba vender rápidamente su cartera hipotecaria. Ventas masivas podrían endurecer innecesariamente las condiciones del mercado hipotecario y elevar los costos de financiamiento para los hogares, por lo que una reducción gradual parece una estrategia más prudente.

Por encima de todo, la reducción del balance debería permanecer subordinada a los objetivos macroeconómicos de la Fed. La tasa de los fondos federales constituye un instrumento mucho más claro para comunicar la orientación de la política monetaria que el tamaño del balance. El ajuste cuantitativo, sin embargo, también afecta las condiciones financieras, porque las variaciones en las expectativas sobre las tenencias de activos de la Reserva Federal pueden influir en las tasas de interés de largo plazo y en las primas por plazo (Ihrig et al., 2012). Si la actividad económica se debilita considerablemente o las condiciones financieras se endurecen de manera inesperada, tendría poco sentido continuar reduciendo el balance únicamente para alcanzar una meta previamente establecida.

La experiencia desde 2022 refuerza esta idea. La Fed redujo sus tenencias de valores en aproximadamente US$2.2 billones entre junio de 2022 y octubre de 2025, antes de poner fin al proceso de reducción cuando las reservas se acercaron a niveles que las autoridades consideraban abundantes. Investigaciones recientes de la Reserva Federal sugieren que modificaciones al marco operativo podrían permitir eventualmente una reducción adicional de entre US$1.2 y US$2.1 billones, manteniendo al mismo tiempo un sistema de reservas abundantes, aunque esa transición podría tardar varios años (Anderson et al., 2026). Estas estimaciones son útiles, pero deberían interpretarse como rangos de referencia y no como metas que necesariamente deban alcanzarse.

El punto de llegada probablemente pueda describirse mejor como un sistema de reservas mínimamente abundantes. Debería existir suficiente liquidez para absorber las fluctuaciones habituales relacionadas con la cuenta del Tesoro, los pagos de impuestos, las liquidaciones de operaciones y la demanda privada de financiamiento sin desestabilizar los mercados monetarios, pero no tanta como para que los bancos y los reguladores organicen permanentemente la gestión de liquidez en torno a una disponibilidad prácticamente ilimitada de reservas del banco central. Encontrar ese punto requerirá cierto grado de experimentación y capacidad de adaptación, no una fórmula predeterminada.

Reducir el balance de la Fed constituye, por tanto, un objetivo razonable, pero debería ser el resultado de un sistema monetario que funcione adecuadamente y no convertirse en un objetivo en sí mismo. La Reserva Federal puede continuar reduciéndolo gradualmente, observar las señales que transmiten los mercados y crear mejores incentivos para que los bancos administren su liquidez sin volverse excesivamente dependientes del financiamiento del banco central. La dificultad estará en determinar cuándo detenerse, porque, en este caso, hacerlo un poco antes probablemente tendría un costo mucho menor que descubrir, una vez más, que las reservas se habían vuelto escasas únicamente después de que los mercados comenzaran a mostrar señales de tensión.

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