Si Donald Trump hubiera recibido el encargo de hundir al Partido Republicano en noviembre, habría que darle un trofeo.

Su aprobación cayó al 30 %, según Pew. En 41 de las 62 contiendas legislativas más disputadas, los candidatos republicanos toman distancia de Trump o de algunas de sus políticas. Una docena ha borrado su nombre, fotografía o respaldo de las páginas de campaña. No son sus adversarios: son los suyos, intentando que nadie recuerde quién gobierna.

Prometió abaratar los alimentos. Hoy son más caros. Prometió recuperar los empleos industriales. Las fábricas tienen menos trabajadores que cuando asumió. Prometió terminar la guerra de Ucrania en veinticuatro horas. Sigue. Prometió no iniciar otras guerras. Lleva más de siete meses combatiendo contra Irán. Prometió que sus aranceles los pagarían los extranjeros. Terminaron encareciendo también los productos que compran los estadounidenses. Quiso doblegar a China y acabó, no solo negociando con Pekín, sino beneficiando a los chinos.

Una cosa es incumplir promesas. Otra, conseguir prácticamente lo contrario y encima exigirle a la gente que lo agradezca.

El 78 % de los estadounidenses atribuye a la Casa Blanca alguna responsabilidad por el encarecimiento de la vida. Entre los republicanos, el 64 %. Trump responde hablando de una economía maravillosa. Al parecer, cuando no alcanza para el supermercado, lo que falla no es el gobierno: es el ciudadano que se atreve a quejarse.

El domingo de Resurrección amenazó con destruir puentes y centrales eléctricas iraníes, entre insultos. Dos días después advirtió que una civilización entera podía desaparecer aquella noche. El papa León XIV consideró inaceptable semejante amenaza. Hay que tener una idea bastante particular del cristianismo para celebrar la victoria de la vida sobre la muerte hablando de aniquilar pueblos.

Trump actúa como si presidiera una secta. El que discrepa es un enemigo; el que protesta, un desagradecido. Estados Unidos se independizó de una monarquía. No fue para terminar rindiéndole culto a un presidente.

Ahora anuncia que no volverá a atacar Irán antes de las elecciones. Hasta los bombardeos parecen tener calendario electoral.

Y los dominicanos tampoco somos espectadores. Washington impuso un arancel adicional del 12,5 % a nuestras zonas francas, que sostienen más de 200,000 empleos directos. Los subsidios a combustibles sumaban RD$36,000 millones al terminar septiembre y Hacienda advierte que podrían alcanzar RD$50,000 millones si sigue el conflicto en Oriente Medio. No todo ese gasto se debe a la guerra, pero la factura de esa incertidumbre también nos llega.

¿Trump quiere perder? Sus candidatos lo esconden, sus electores le reclaman resultados y él responde como si insultarlos fuera parte de la solución. Prometió poner a los americanos primero. Ahora exige que lo pongan primero a él, aunque tengan que pagar por el privilegio.

El Partido Republicano puede buscar entre los demócratas al adversario que amenaza con hundirlo. Pero quien más está trabajando para derrotarlo no está en la oposición.

Está sentado en la Casa Blanca

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