Bajo las calles centenarias de la Ciudad Colonial de Santo Domingo yace un secreto de piedra y ladrillo que desafía el paso del tiempo: las alcantarillas de Las Atarazanas Reales, una obra maestra de la ingeniería del siglo XVI.
Iniciada en 1502 bajo las directrices del gobernador Nicolás de Ovando, esta red de túneles subterráneos fue concebida mucho antes de que se pavimentaran gran parte de las calles de la ciudad.
Con la finalidad de conocer la novedad que nos ofrece la ciudad amurallada, desde sus entrañas, acudimos el día acordado, el pasado viernes 25 de septiembre, ya que los recorridos se realizan el último viernes de cada mes.
Justo a las 9:30 de la mañana arribamos al lugar de encuentro – el Museo del Ámbar-, localizado en la calle Arzobispo Meriño #452, esquina Restauración, en donde ya había un considerable grupo a la espera del chequeo de rigor para luego iniciar el interesante recorrido.
Allí, tras recorrer las instalaciones con las explicaciones de una joven guía sobre la historia de la piedra del ámbar, sus distintas especies, lugares de yacimientos, países en donde se encuentra, las minas del país, localizadas en Puerto Plata y Santiago de los Caballeros, proseguimos hacia el Museo del Ron.
Carlos de la Cruz explica sobre esta paila utilizada para hacer ron, exhibida en el Museo del Ron.
El “Pozo del Deseo”, se encuentra en el Museo del Ron, localizado en la Isabel La Católica con Restauración.
Variedades de ánforas colgadas como atractivo del Museo del Mar
En este museo, localizado a pocos pasos del anterior, Carlos de la Cruz, encargado del recorrido hacia las alcantarillas, hizo una breve introducción sobre las históricas vasijas usadas para la elaboración del ron allí exhibidas: trapiches, pailas, meladuras, una cronología sobre el ron, un molino antiguo que era movido por animales, en fin…
Igualmente, interactuamos con Jonás de la Cruz, bartender del bar del Museo del Ron, quien nos dio a probar un “shot” de ron saborizado con piña.
¡Rumbo a las alcantarillas!
Fuimos conducidos hacia las históricas alcantarillas, no sin antes escuchar la advertencia del guía, “cuidado al bajar, que no quiero que se me caigan”.
A la entrada, lo primero que se muestra a los visitantes son tres aberturas, cada una correspondiente a los sectores que sirven de drenaje pluvial.
El recorrido, con una longitud aproximada entre 150 y 200 metros bajos las calles de las Atarazanas, debe hacerse inclinado, debido a que la altura no permite caminar parado.
Durante el trayecto, De la Cruz iba ofreciendo al grupo datos sobre el ahora paseo turístico, iniciativa, que dijo, fue puesta en marcha durante uno de los gobierno del doctor Joaquín Balaguer, por recomendación del arquitecto urbanista Ramón Báez López-Penha.
Al concluir el recorrido de aproximadamente dos horas, llegamos al Museo de Las Atarazanas o Museo del Mar, donde la guía Yubelkys Pacheco, ofreció importantes explicaciones respecto a todos los objetos históricos con que cuenta el espacio histórico, todos extraídos del fondo del mar.
Pacheco explicó que anteriormente este lugar era un espacio para el naufragio, motivos por lo que a la entrada el visitante se encuentra con una maqueta representativa de la embarcación Santa María, una de las tres Carabelas donde Cristóbal Colón llegó a América.
Entre los objetos que se pueden observar aquí están artículos de artillería, de la época, candelabros de plata, lavamanos, espejos, vasijas taínas, porcelana china de la dinastía Ming, monedas de plata, objetos de arcilla del siglo XVII, joyas, utilería de laboratorios, ánforas, objetos religiosos y amuletos del siglo XVIII (1724).
Al salir del Museo del Mar, nos encontramos con la puerta de las Atarazanas, desde donde se pasa a la tienda (Gift Shop) de Manos Dominicanas, donde quienes deseen pueden degustar un café, agua, jugo, galletas, o bien comprar algún souvenirs elaborado por artesanos dominicanos.
Este histórico recorrido turístico es manejado por la Dirección Nacional de Patrimonio Monumental, bajo la Dirección del Ministerio de Cultura.
¡Ah, si se anima!, recuerde ir con ropas frescas y zapatos cómodos, preferiblemente tenis.