Por Mite Nishio
En 2005, apenas 16 de cada 100 dominicanos usaban Internet. En 2024 son 91, según la encuesta ENHOGAR de la Oficina Nacional de Estadística. Aunque las mediciones han usado edades de referencia distintas, la tendencia es clara: en menos de dos décadas, casi todos pasamos a llevar Internet en el bolsillo.
Estamos cerca de aquella sociedad de la información que impulsó Naciones Unidas en la Cumbre Mundial de 2003, donde las personas tendrían información dondequiera que estuvieran. El reto ahora es convertir esa información en conocimiento y productividad, y donde más se nota esa deuda es en la educación.
Creo que ahí está uno de nuestros mayores desfases. Educamos a los jóvenes dentro de una burbuja llamada escuela. ¿Cómo es posible estudiar doce años o más y salir sin saber administrar el dinero, distinguir una noticia falsa o resolver un problema cotidiano? Un ciclo tan largo debería prepararnos mejor para vivir y trabajar.
La tecnología permite cambiar esa experiencia. Imaginemos a una estudiante que no entiende las fracciones. Un tutor de inteligencia artificial puede explicárselas con una receta de cocina, proponerle ejercicios según sus errores y corregirla al instante. El profesor revisa su progreso y decide dónde intervenir. Enseñar al ritmo de cada alumno deja de ser una utopía.
A los docentes, la IA puede ayudarles a preparar materiales de distintos niveles, formular preguntas y detectar los temas que necesitan refuerzo. Su propósito debe ser liberar tiempo para lo que ninguna máquina hace mejor: explicar, acompañar y conversar. Eso exige capacitación, verificación de resultados y protección de los datos de los menores.
También podemos aprender haciendo. Con simuladores, un estudiante puede armar un circuito eléctrico, observar cómo cambia un ecosistema o dirigir una empresa virtual, y luego explicar sus decisiones frente a su profesor. Eso es mucho más útil y motivador que trasladar la pizarra a una pantalla.
Otros países ya recorrieron parte del camino. En Japón, los niños limpian su escuela y sirven el almuerzo a sus compañeros, aprendiendo responsabilidad y convivencia. Finlandia integra asignaturas alrededor de fenómenos reales. Suiza combina el aula con el aprendizaje en las empresas. Cada modelo, a su manera, acerca la educación a la vida.
En República Dominicana podemos combinar esas prácticas con herramientas digitales. Un grupo de estudiantes investiga dónde se acumula la basura en su barrio, organiza los datos, elabora un mapa y presenta soluciones al ayuntamiento. En un solo proyecto aplican matemáticas, comunicación, tecnología y ciudadanía, y descubren que lo que saben puede mejorar el lugar donde viven.
Siempre cito al historiador Yuval Noah Harari, quien destaca la inteligencia emocional y el equilibrio mental para adaptarnos a un mundo en cambio permanente. Por eso, la inversión tecnológica debe ir de la mano con enseñar a pensar, crear y resolver problemas. Quien usa IA debe saber cuestionar sus respuestas, verificarlas y defender sus propias conclusiones.
Y voy más allá: en el futuro imagino una universidad por suscripción, al estilo de Netflix. Una cuota periódica para acceder a cursos durante toda la vida, combinar trabajo y estudio, y demostrar competencias con proyectos, no solo con títulos. Ser productivo y seguir aprendiendo avanzarían juntos.
¿Por dónde empezar? Con proyectos piloto, docentes preparados, conectividad y acceso equitativo a dispositivos, midiendo cuánto mejoran la comprensión, la autonomía y la capacidad de aplicar lo aprendido. Las alianzas con Infotep, ITLA, universidades y empresas pueden acercar esta formación al mundo laboral.
La tecnología se acelera, y nuestra capacidad de aprender debe acelerarse con ella. Así ganaremos ciudadanos más responsables, jóvenes mejor preparados y empresas con talento para innovar. Ya resolvimos la conexión. Ahora toca resolver el aprendizaje.