Hay mujeres que nacen en un lugar; y también están aquellas que ese territorio les queda adentro. Cándida Díaz, laureada maestra de periodismo, habla de Jimaní, provincia Independencia, como quien abre una caja de música: la escuela primaria Antonio Duvergé, el entonces Liceo Independencia, las patronales del 19 de marzo, la glorieta del parque y ese rito dominical de “caminar alrededor” mientras sonaba la banda municipal. En su memoria, el sur no es recuerdo: es una pedagogía cotidiana.

En esa escena íntima aparece el primer destino: la educación como salvación posible. No lo dice como consigna; lo dice como origen. Recuerda, con agradable memoria, a la tía maestra que alfabetizaba en una escuela multigrado, mañana y tarde, “con dedicación y pasión”. Ahí se gesta el deseo de ser maestra: mirar, enseñar y descubrir que enseñar también era una forma de futuro.

Pero el sur también la marca con agua oscura. Cuando la autora de “Cuatro mujeres y un destino… más allá del Sur Profundo” llega a la riada de Jimaní, la voz se vuelve cauta, casi defensiva… Nombra el barrio La Cuarenta, la casa familiar frente al cementerio, la devastación total. Y sobre todo, la pérdida que no termina de entenderse.

Ese es el segundo destino: el de quienes sobreviven a una tragedia colectiva, pero cargan un duelo privado que se activa con cada aniversario. La riada —ocurrida un domingo 24 de mayo de 2004— arrastró a parte de su familia de manera brutal. La historia es concreta, familiar, irreparable: una visita que coincide con la fiesta de principios de mayo, una madrugada que llega “como el ladrón”, un hermano que logra vivir “de chiripa” mientras pierde casi todo. En este relato íntimo que verá la luz este ocho de octubre, la autora deja una verdad dura: hay dolores que no se superan; apenas se aprenden a rodear.

El tercer destino no viene del río, sino de la vida conyugal: la muerte de Máximo, su esposo de alrededor de 50 años. Cándida Díaz lo cuenta sin grandilocuencia, pero con una herida fresca: él sabía de su enfermedad y la calló “para que yo no sufriera”. La psicóloga —dice— le explicó que fue un gesto de amor; ella, en cambio, se permite una duda legítima: hubiera querido saberlo, sufrir “los dos”, buscar alternativas.

Ese duelo se cruza con otro dato que vuelve más punzante: el reconocimiento público. Ella describe “el 2025” como una temporada en que la alegría y la tristeza se mezclaron mal. Coordinaciones académicas, distinciones como docente, premios por libros, homenajes institucionales, y la presentación postergada de Tres leyendas desmitificadas. Todo llega, pero llega tarde para compartirlo con quien caminó a su lado medio siglo.

Es desde esa biografía —infancia comunitaria, catástrofe, duelo— que la autora salta a su tema mayor: las mujeres del sur. Y lo hace con una postura clara: faltan políticas públicas e igualdad real; sobran mujeres “dando la milla extra” sin que el sistema les reconozca lo que ya sostienen.

Los datos que acompañan este relato aterrizan esa intuición en cifras: en la región sur viven cerca de 970 mil mujeres. Es decir: son mayoría en población, pero no necesariamente en oportunidades.

En ese punto “Cuatro mujeres y un destino… más allá del Sur Profundo” es un relato inspirado en mujeres del sur que estudian, trabajan, sostienen hogar y profesión a la vez: maestras, abogadas, médicas, ingenieras; mujeres que empujan el día incluso cuando el día empuja de vuelta.

El sur duele. Pero en la voz de Cándida Díaz, el sur no duele una sola vez; duele por etapas. Primero, como cuna y comunidad que educa. Después, como territorio vulnerable que duele. Y más tarde, como identidad persistente que obliga a seguir… “Hay que seguir caminando”, repite, incluso cuando hablar todavía lastima.

Sus tres destinos —la niña que aprende, la mujer que pierde, la autora que convierte el dolor en literatura y demanda igualdad— no son excepciones románticas: son una lectura del sur dominicano contemporáneo. Un sur donde las mujeres siguen peleando por ser mayoría en derechos, en ingresos, en seguridad y en poder. Y donde, pese a todo, la vida se abre paso con una terquedad que ella resume sin teoría, con una palabra de combate: guerrera.

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