Cuando hablamos de economía solemos escuchar cifras sobre crecimiento, inflación, empleo o producto interno bruto. Son indicadores necesarios para conocer cómo marcha un país. Pero en la casa la economía se mide de una manera mucho más sencilla: cuánto alcanza el ingreso, cuánto cuesta hacer la compra, cuánto gastamos para llegar al trabajo y cuánto tiempo nos toma
hacerlo.
Esa es la economía que vivimos todos los días.
República Dominicana muestra avances importantes. El Banco Central informó recientemente que la actividad económica creció 4.5 % entre enero y agosto de este año. La pobreza monetaria se redujo de 19.0 % en 2024 a 17.3
% en 2025 y, durante ese mismo período, el ingreso real promedio por persona en los hogares aumentó 6.5 %.
Son cifras positivas. Pero también debemos preguntarnos cómo hacemos para que esos avances se traduzcan cada vez más en bienestar que pueda reconocerse en la vida cotidiana.
El transporte ofrece un buen ejemplo. Durante los últimos años, el Gobierno ha venido ampliando e integrando el sistema de transporte colectivo. La nueva Línea 2C del Metro conecta el kilómetro 9 con Los Alcarrizos y fue concebida para que miles de usuarios puedan ahorrar hasta dos horas diarias de desplazamiento en horas pico y reducir significativamente su gasto de transporte.
Ese tiempo y ese dinero también son economía, y lo mismo sucede con los corredores de autobuses. A los corredores Núñez de Cáceres, Winston Churchill, Charles de Gaulle e Independencia se suman iniciativas como el
recién puesto en marcha Corredor Reformado La Nueva Barquita, que incorpora nuevas conexiones de destino, reducción de los tiempos de espera y alternativas de pago en efectivo y electrónico.
La ampliación e integración de esta red apunta precisamente a algo muy concreto: que movilizarse por la ciudad sea más eficiente y represente una menor carga de tiempo y dinero para las familias.
Cuando una persona puede llegar más rápido a su trabajo y gastar menos para hacerlo, una obra pública deja de ser solamente cemento, rieles o autobuses. Se convierte en calidad de vida.
Algo similar ocurre con los combustibles. Durante este año, el Gobierno ha destinado miles de millones de pesos para amortiguar el impacto de las alzas internacionales. Contener el precio del gasoil no beneficia únicamente a quien llena el tanque de su vehículo. También procura evitar que esos incrementos se trasladen con toda su fuerza al transporte público, a los camiones que llevan los productos del campo a los mercados y a la distribución de los bienes que compramos diariamente.
La cadena termina muchas veces en la mesa de una familia y, por eso, crecimiento, inversión pública y bienestar deben caminar juntos. Si producimos más, pero además conseguimos transportar mejor nuestros productos; si ampliamos el transporte colectivo y reducimos tiempos de
traslado; si aumentamos los ingresos reales y protegemos a las familias frente a choques externos, entonces las grandes cifras económicas comienzan a tener una traducción cotidiana.
El presidente Luis Abinader ha planteado con Meta RD 2036 el objetivo de duplicar el tamaño de nuestra economía. Es una aspiración importante, pero su verdadero significado estará en nuestra capacidad para convertir ese crecimiento en mejores empleos, mayores ingresos, servicios más eficientes y nuevas oportunidades.
Porque una economía fuerte no se reconoce solamente en las estadísticas. También se reconoce cuando una familia puede organizar mejor su presupuesto, cuando llegar al trabajo cuesta menos tiempo y dinero, cuando el ingreso alcanza para más y cuando progresar deja de ser una expectativa para convertirse en una posibilidad cotidiana.
Ahí es cuando el crecimiento deja de ser solamente una cifra y comienza a sentirse en la casa.