Algo está cambiando en la relación de los dominicanos con su liderazgo político. Desde el fin de la dictadura, la arena ha estado dominada por figuras de marcado perfil intelectual. El dominio de las ideas ha sido parte de lo que se esperaba de un líder y el uso de títulos, como doctor, licenciado, ingeniero o profesor, ha concedido autoridad a los ojos de los dominicanos. Sin excepción, todos nuestros presidentes han tenido una imagen profesional o socialmente prestigiosa, con Balaguer, Bosch y Peña Gómez como los ejemplos más claros.
Ese patrón podría acabar quebrándose, y eso no es un hecho irrelevante. Las nuevas generaciones parecen menos atraídas por líderes que hablan desde un pedestal intelectual y mucho más por alguien en quien puedan reconocerse. El éxito pecuniario, cualesquiera que sean sus fuentes, compite ventajosamente con otras formas de prestigio. La condición de persona común se ha vuelto un atractivo, y parecerse a todo el mundo se ha convertido en un activo.
Si queremos anticipar el destino de nuestra sociedad, deberíamos preguntarnos seriamente qué explica esa transformación y cuáles son sus efectos. ¿En qué medida la población ha perdido la fe en que líderes especialmente preparados responderán a las expectativas depositadas en ellos? ¿Hasta qué punto el predominio de la lógica del mercado ha llevado a valorar el éxito económico por encima de otros atributos? ¿Nos ha hecho la democracia menos dispuestos a reverenciar a alguien simplemente por su posición?
Esta transformación tiene algo de aquella “rebelión de las masas” de la que hablaba Ortega y Gasset, porque los antiguos criterios ya no siempre confieren una autoridad especial. No se puede negar que eso tiene un lado positivo, en la medida en que refleje el ideal democrático que defiende la igualdad de todos como ciudadanos. Hay, sin embargo, un riesgo que no debe ignorarse: una sociedad difícilmente se supera si abandona la aspiración de ser mejor de lo que ya es.