Hoy .

Por: Priscilla Mieses

La primera vez que sentí que un espacio era mío sin que nadie me lo dijera fue un verano en Nueva York. Tenía 22 años y cursaba un programa de inmersión en mandarín. Entre la ida y la vuelta a clases, suelta en el mundo y guiada por mis propias insistencias e intereses, entré a la New York Public Library como quien cruza una puerta que le debía algo.

Subí las escaleras de mármol con la seguridad de quien descubre un derecho que todavía no sabe que tiene. Nadie me preguntó de dónde venía ni si tenía algo que hacer allí. La sala de lectura era inmensa e imponente, una obra maestra del diseño Beaux-Arts. Pero lo que más recuerdo es que allí dentro el silencio no pedía explicaciones. Recuerdo una exposición sobre la historia del correo estadounidense: un Tío Sam repetido en carteles, periódicos viejos y retazos de revistas.

Por primera vez podía quedarme en un lugar sin comprar un café, sin justificar la búsqueda de un producto específico. Nadie me preguntó si era americana, palestina o cubana. Nadie se fijó en mis Levi’s vintage ni en si llevaba una cartera de moda.

Esa tarde se convirtió, sin que yo lo supiera, en la semilla de una idea que tardaría años en materializarse: la posibilidad de pertenecer a un espacio cultural sin trámite, sin permiso. Mientras buscaba lugares así en mi casa y durante otros viajes, entendí que esa sensación puede aparecer al azar. Pero, para convertirse en una experiencia común, una que pueda repetirse para otros, necesita instituciones capaces de sostenerla.

Ir y volver

Algunos años después llegué a Madrid para estudiar creación literaria, después de haber desistido del mandarín y de su fonética imposible. Sin buscarlo, aquella semilla encontró tierra fértil en Europa.

Lo que aprendí en esa época no ocurrió solamente en el aula. La mayor lección ocurrió en las bibliotecas municipales, donde pasaba horas enteras estudiando y sacando libros que en ese entonces no me podía permitir.

Nuevamente, no tenía que mostrar nada más que un carnet: un cartoncito con rayitas, un sello casi ilegible y mi nombre. Solo mi nombre bastaba para tener derecho a estar allí.

Priscilla Mieses

Era gratis. Era mío.

La biblioteca dejó de ser el lugar al que entras por casualidad y se convirtió en el lugar al que siempre vuelves. Eso es lo que hace que un espacio sea realmente público: no solo que cualquiera pueda cruzar la puerta, sino que cualquiera pueda y quiera volver.

La biblio

Volví a Santo Domingo con esa certeza taladrándome la cabeza. Trabajé un tiempo entre el aula privada y la biblioteca pública, hasta quedarme solo con la biblioteca, en un acto de fe.

La Biblioteca Infantil y Juvenil Dominicana es un lugar que se hizo para que los niños y las niñas puedan quedarse. No es un lugar perfecto: tiene fallas estructurales y procesos que todavía necesitan fortalecerse, y carga con años en los que la cultura se sostuvo con menos de lo que necesitaba. Pero también es un lugar de convivencia cultural que existe, o debería existir, para todos los dominicanos.

El problema es que muchos no saben si existe para ellos, para sus hijos o siquiera si son bienvenidos. No saben si pueden entrar, si pueden quedarse, si podrán volver mañana sin tener que justificar a qué van: ¿a clases?, ¿a pedir una recomendación?

Una de mis apuestas más grandes trabajando allí ha sido empujarla en esa dirección: no inventarla ni reinventarla, sino insistir en que la gente supiera que ese lugar ya era suyo. Porque una institución puede tener las puertas abiertas y, aun así, no sentirse pública. La pertenencia también se juega en los horarios, en la bienvenida, en la programación, en el trato y en la posibilidad real de participar de un lugar.

Sophia llegó a la biblioteca casi por casualidad. A pesar de ser una lectora voraz desde muy niña, no terminaba de imaginar que en su entorno existiera un lugar dedicado enteramente a los libros y a quienes encuentran un poco de sí mismos en ellos. Con el tiempo comenzó a asistir con regularidad. Un jueves se sumó a mi taller de escritura creativa y, con poco más que un lápiz, su estuche y hojas de maquinilla, fue puliendo su oficio.

Sophia escribía con una voz narrativa tan propia, tan ella, que parecía una extensión de su conversación, de lo que comentaba en un pasillo o escondía en un truno.

Días antes de su graduación les pregunté a los chicos y las chicas qué les había regalado la biblioteca. Quería comparar sus respuestas con las notas de los primeros días, cuando les había preguntado qué entendían por biblioteca. La respuesta de Sophia fue inmediata:

“La biblioteca me dio un lugar para estar con los míos.”

Puede que sus cuentos lleguen algún día a una librería, como puede que no. Pero lo que encontró allí no dependía de eso.

La pertenencia también se organiza

La convicción que comenzó aquella tarde en Nueva York terminó llevándome de vuelta a Madrid. Quise entender qué permite que la cultura pueda sostenerse, crecer y llegar a más personas.

Durante mis prácticas en Red Planea, un programa que lleva el arte a las escuelas de forma sostenida, pude ver esa lógica desde dentro. Entendí que ninguna intervención cultural con niños ocurre únicamente por inspiración: hay un centro educativo dispuesto a recibirla, un convenio, un presupuesto, y gente que coordina horarios para que el programa vuelva la semana siguiente. Sin esa estructura, no hay proyecto: solo buena intención.

Eso fue lo que más me sorprendió: descubrir toda la maquinaria que permite que una idea pueda vivir, esa que resulta invisible para quien simplemente llega y participa, entra y descubre. Tal vez precisamente ahí esté su éxito: en que quien atraviesa la puerta no tenga que pensar en nada de eso.

Por eso sí merece la pena insistir en que las bibliotecas no son un adorno de la ciudad. Son lugares donde ocurre la vida común; espacios en los que una persona puede sentirse en casa sin estarlo y reconocerse como parte de su entorno. Y las cifras no son solo numeros al aire: un estudio sobre las bibliotecas públicas de Wisconsin, recogido por la American Academy of Arts and Sciences, encontró que nueve de cada diez personas encuestadas consideraban que su biblioteca contribuía de manera significativa a la calidad de vida de su comunidad; y solo la red de bibliotecas públicas municipales de Madrid, 34 bibliotecas en toda la ciudad, recibió más de 2,2 millones de visitas durante 2025.

Pensar en esas cifras me devuelve a lo mismo: detrás de un lugar que se siente natural hay decisiones, y hay personas que lo cuidan. Hacer que lo esencial parezca natural es, quizás, la forma más invisible y más importante del trabajo cultural.

Volver a las escaleras

Hoy en día me cuesta entrar a una biblioteca, un museo o cualquier otro espacio cultural sin pensar en todo lo que hizo posible que estuviera ahí. Me pasa frente a la Biblioteca Nacional de España o al entrar a la Casa del Lector, en Matadero: pienso en los equipos y en los recursos que hicieron posible cada sala, cada exposición y cada festival.

Me ocurre incluso con las intervenciones más pequeñas. En algunos vagones del Metro de Madrid encuentro fragmentos de obras que siempre intento leerme entre viaje y viaje. Me gusta imaginar que incluso allí, en medio de la rutina de una gran ciudad, alguien pensó que un poema, un cuento o unas cuantas líneas también podían tener un lugar donde todos, aunque sea de paso, nos encontráramos. Es la misma idea que Rocío Pina nos trajo a clase una mañana: la lectura saliendo de sus espacios habituales para convertirse, con simples carteles, en parte del paisaje urbano.

Vuelvo a aquellas escaleras de Nueva York y siento lo que sentí entonces, pero con otra perspectiva: primero fue descubrir que aquel lugar podía ser mío; años después, Sophia me enseñó lo que significa encontrar un lugar donde estar con los míos. Hoy sé que detrás de ambas experiencias existe algo más hondo: la posibilidad de construir espacios que podamos reconocer como nuestros, lugares donde leemos, escribimos, pensamos y, sencillamente, estamos.

Cierro mis notas, esta vez desde un café que mira al Prado, y desde donde yo miro de reojo: una clase juega mientras las profesoras organizan la entrada; luego, al unísono, marchan hacia el museo. Ahí podríamos entrar todos.

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