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Aunque el título de este artículo suene distópico, antidialéctico y quizás un poco descabellado, la humanidad no comprende plenamente el potencial de la inteligencia artificial ni la profundidad con la que podría transformar prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. Estamos incorporando la IA a nuestro sistema financiero, nuestros lugares de trabajo, las escuelas, los gobiernos, las relaciones personales y las redes de información sin saber realmente hacia dónde nos conducirá esta transformación. Preguntas que hace apenas unos años pertenecían al terreno de la ciencia ficción se están convirtiendo en verdaderos dilemas económicos y políticos. ¿Qué ocurrirá con el empleo cuando las máquinas puedan realizar trabajos intelectuales cada vez más sofisticados? ¿Quién será dueño de la información que hace valiosos estos sistemas? ¿Cómo se monetizará o gravará esa información? ¿Qué ocurrirá cuando la inteligencia artificial se combine con sistemas de vigilancia y de crédito social? Si llevamos esta tendencia lo suficientemente lejos, podríamos terminar viviendo en algo parecido a una dictadura de datos. La IA necesita regulación, pero las normas adoptadas individualmente por cada país no serán suficientes. Estamos ante una tecnología global que, tarde o temprano, exigirá cooperación internacional, precisamente en un momento en que la clase política actual no parece estar preparada para enfrentar la magnitud ni la velocidad de lo que se aproxima. Tal vez tengamos que contemplar una idea que parece casi imposible en medio de la actual carrera tecnológica: reducir la velocidad, darnos tiempo para entender lo que estamos construyendo y, por un momento, desconectarnos.