Durante los años noventa, la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría habían alimentado la esperanza de un mundo menos peligroso, pero el 11 de septiembre de 2001 puso fin abruptamente a buena parte de aquel optimismo. El impacto de dos aviones contra las torres gemelas de Nueva York y su posterior derrumbe perduran en la memoria de quienes presenciaron un acontecimiento que se convirtió en un punto de inflexión en la evolución política mundial.
El ataque a las torres fue el inicio de una larga etapa marcada por la llamada guerra contra el terrorismo, las intervenciones en Afganistán e Irak y nuevas tensiones cuyas consecuencias se extendieron mucho más allá de sus fronteras. Para los Estados Unidos, la conmoción de ese día solo es comparable con la provocada por el ataque a Pearl Harbor, que precipitó su entrada en la Segunda Guerra Mundial. No es descabellado decir que el siglo XXI no comenzó en un enero, sino en aquel septiembre.
Ahora, veinticinco años después, cabe preguntarse si el mundo logró recuperar algo de la seguridad y el optimismo perdidos súbitamente. La respuesta, por desgracia, no puede ser afirmativa. Las guerras han regresado a Europa y al Medio Oriente y las rivalidades entre las grandes potencias se han agudizado.
Nuevamente se habla con naturalidad sobre amenazas nucleares. No faltan quienes conjeturan que, cuando estos años ya sean historia, serán considerados parte de una confrontación mundial que ya está en curso, aunque todavía no nos hayamos dado cuenta.
Pero no cometamos el error de convertir la incertidumbre en fatalismo. El 11 de septiembre de 2001 enseñó, de manera cruenta, cuánto puede cambiar el mundo en un solo día. Ojalá quienes nacieron después no tengan que aprender esa lección por experiencia propia.