Para analizar y discurrir sobre cualquier tema con las normas lógicas de la ciencia, hay que tener determinados niveles de libertad y disciplina intelectual y, especialmente, emocional.

Destacados ateos, inteligentes y académicamente capacitados, han tenido experiencias personales que marcaron profundamente sus vidas, lo que suele limitarlos para manejarlos correctamente.

No es solo el caso de Carlos Marx, sino de cualquier judío, desde Judas hasta Einstein, pasando por otros tan brillantes como Freud y Espinoza, quienes fueron humillados, perseguidos y estigmatizados, al punto de no tener otro refugio que no fueran las academias, donde la filosofía, la ciencia y las artes estaban bajo la protección de entidades académicas religiosas, cuya integridad y liberalidad estaban diseñadas para proteger aun a los no creyentes.

La tradicional eticidad de la ciencia, la filosofía y el saber de las academias se blindaron y se apartaron de los conflictivos de la época, y con rigor y respeto académico, no solían discutir sobre lo que no estaban seguros de que existiera, o no podía probarse desde lo que en esas épocas dentro de lo que se conocía como ciencia empírica y positiva. O sea, o Dios no existía o no era un tema de la ciencia, y ni siquiera de la filosofía empirista.

Carlos Marx y otros pensadores tomaron el camino más seguro, el del saber empírico-científico, y más aún, partiendo de hechos comprobables, la desigualdad y explotación del hombre por el hombre, que, principalmente, en la Rusia de principios del siglo 20 encontraron el concurso de movimientos subversivos, a los que la religiosidad de la época no les ofrecía soluciones, lo cual llevó a muchos pueblos al abandono de principios religiosos y a la subversión del orden tradicional establecido.

La persecución de judíos llevó a sabios de dicha etnia al exilio académico e hizo crecer el pensamiento acerca de la posibilidad de la no existencia de un Dios que contrariamente a las enseñanzas de sus propias escrituras, ahora no los protegía de la maldad del mundo que los rodeaba.

Y no podían jamás aceptar al “crucificado ese” como su “redentor”.

Pero sin duda alguna, el aporte de Marx, de Freud, y más recientemente de Fromm, ha sido magnificente. Al punto de que, hasta cuando niegan a Dios nos suelen dar luces para entenderlo mejor.

Hay, sin embargo, casos recientes, como el de Harari, cuya capacidad para el tema del teísmo está fuertemente distorsionada por conductas personales que ninguna tradición cercana a él se las permite.

Por lo que vive en un conflicto que lo desautoriza para discurrir con honesta libertad sobre la existencia de Dios. En los demás temas hace muy valiosos aportes. Pero también abundan los ateos de orden práctico que prefieren no creer en Dios porque esa creencia Dios.

Pero también abundan los ateos de orden práctico, que prefieren no creer en Dios porque esa creencia compromete: a buscar de él, a humillarse, a respetar ciertos valores, como también a otras cosas que cuestan tiempo, dinero y sacrificios. Personalmente, tengo entre estos últimos mis ateos predilectos. Eminentes profesionales amigos y familiares retirados, que con frecuencia me invitan a compartir buenos manjares y excelentes vinos.

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