Ocurrió algo aparentemente trivial que me hizo pensar mucho.
Entré a una tienda y escuché que los remanentes de la tormenta Dolly podían dejar lluvias sobre el país. Me alegré y lo expresé espontáneamente.
La joven que me atendía, recién graduada de medicina, me miró sorprendida y preguntó:
“¿Usted se alegra de que venga una tormenta?”
Comprendí su pregunta. Una tormenta puede significar inundaciones, daños, pérdidas de vidas y dificultades para muchas familias. Nadie con sensibilidad puede alegrarse del sufrimiento que puede provocar. Pero yo no estaba pensando en eso. Pensaba en el agua y en lo que hemos perdido como sociedad respecto a la conciencia de su valor. Quizás mi reacción tenga que ver con una imagen de mi infancia.
Mis primeros cinco años transcurrieron en el campo. Debía tener poco más de dos años cuando presencié una escena que nunca olvidé.
Un río se había secado. Su lecho estaba cubierto de hojas secas y, a lo largo del cauce, los campesinos rezaban para que lloviera. No recuerdo aquellas oraciones, pero recuerdo perfectamente el miedo.
Era demasiado pequeña para comprender lo que significaba una sequía. No sabía de meteorología, agricultura de secano ni seguridad alimentaria. Pero comprendí algo elemental: aquellas personas tenían miedo porque necesitaban que lloviera. El miedo de ellos se convirtió en mi miedo.
Quizás desde entonces aprendí algo que nunca he olvidado: el agua es mejor que la sequía y la lluvia puede ser una esperanza.
Por eso, cuando escuché hablar de Dolly, pensé en nuestros campos, ríos, embalses y cuencas hidrográficas. Pensé en los agricultores que necesitan agua para producir alimentos y en las comunidades que la necesitan para vivir. No es una preocupación imaginaria.
Entre mayo y julio el país registró déficits de lluvias de 46 %, 54.5 % y 45.3 %, respectivamente. La disminución de los caudales también obligó a la CAASD a adoptar medidas ante dificultades en el abastecimiento de agua en sectores del Gran Santo Domingo.
Pero hay algo que me preocupa tanto como la sequía: nuestra relación con el agua.
Abrimos una llave y esperamos que salga agua. Nos parece natural. Lavamos vehículos, aceras y patios con agua potable. Dejamos correr la lleve. Ignoramos fugas. Hemos aprendido a verla como algo que siempre estará allí. Y no siempre estará. Necesitamos construir una verdadera cultura del agua.
Una cultura que comience en el hogar y llegue a las escuelas, universidades, empresas, instituciones públicas, privadas, y medíos de comunicación.
Hay que enseñar a nuestros niños y jóvenes que detrás de cada vaso de agua existe una relación entre las lluvias, los bosques, las montañas, los ríos, las presas, las plantas de tratamiento, las redes de distribución y las personas que hacen posible que llegue hasta nuestras casas. También tenemos que defender las cuencas hidrográficas.
No podemos pedir agua a la naturaleza mientras destruimos los lugares donde nace, se almacena y circula.
Proteger las cuencas significa proteger bosques y montañas, evitar la contaminación de los ríos, recuperar áreas deforestadas, proteger los nacimientos de agua y ordenar adecuadamente el territorio.
El agua es un derecho humano garante de otros derechos. Quizás aquella niña de dos años no podía explicarlo. Pero frente a aquel río seco entendió lo esencial: cuando falta el agua, también falta una parte de la vida.