Las sanciones y el radical bloqueo de la administración de Donald Trump contra Cuba se incrementan de tiempo en tiempo, la última de las cuales se concretiza en el memorando enviado por el mandatario a Marco Rubio, secretario de Estado, y a Scott Bessent, del Tesoro, para indicarles la “continuación del ejercicio d ciertas autoridades bajo Ley de Comercio con el Enemigo”, un elemento clave para mantener el embargo de Washington sobre el gobierno y la población cubanos.
Esa ley expiraba el 14 de septiembre de este año, firmada por Trump el pasado 20 de agosto, ha sido prorrogada hasta el 14 de agosto de 2027. La respuesta de Cuba, a través de su canciller, Bruno Rodríguez, no se hizo esperar. Calificó el embargo como “una política genocida” y sostuvo que ese documento “no es un acto administrativo menor, sino la confirmación de que Washington persiste en su propósito de asfixiar a una nación entera”.
El interés de Estados Unidos por el control de Cuba se remonta a los finales del siglo XVIII, pero es el presidente Thomas Jefferson quien manifestó en 1808 su interés por México y Cuba, así como su oposición de que cayeran en poder de Francia o Inglaterra, “por razones estratégicas y comerciales”.
El 28 abril de 1823, el secretario de Estado John Quincy Adams, en el gobierno de James Monroe, enarboló la teoría de la “fruta madura”, respecto a Cuba, en carta dirigida a Hugh Nelson, ministro (embajador) de Estados Unidos en España. Planteaba que por la ley de la gravitación política, Cuba terminaría desprendiéndose de España y cayendo en la órbita de Estados Unidos, como una fruta madura que al separarse de su árbol, cae naturalmente.
Ese mismo año de 1823, pero el 2 de diciembre se proclamaba la famosa doctrina Monroe (“América para los americanos”), de especial presencia en la historia de ese país, con el presidente Trump como su mayor artífice en este tiempo.
Con el presidente James K. Polk (1845-1849), el interés por Cuba pasó de solamente aspiración y enunciado geopolítico a una propuesta diplomática oficial a España, para comprar la isla antillana, como iniciativa importante de su política exterior. El secretario de Estado de entonces, James Buchanan, instruyó a su ministro en Madrid, Romulus M. Saunders, a que explorara confidencialmente la posibilidad de adquirir la isla. Se hizo una primera oferta de 100 millones de dólares, y se planteó luego un incremento de 30 millones, pero no se concretó ese proyecto.
En agosto de 1851, desembarcó en Playitas, por la costa norte de Cuba, una gran expedición con el objeto de separar a Cuba de España, procedente de los Estados Unidos, comandada por el venezolano Narciso López y el coronel estadounidense William Logan Crittenden. La integraban varios centenares de expedicionarios y una parte importante de ellos se proponía la anexión de Cuba a Estados Unidos. Fue un proyecto fallido y muchos fueron apresados y fusilados, incluyendo a sus líderes principales.
En el período presidencial de Franklin Pierce (1853-1857) hubo una gran agitación expansionista y se realizaron aprestos por adquirir o anexar a Cuba.
Ya en la propia campaña electoral, Pedro Soulé, senador por Luisiana, y Stephan Douglas, pronunciaron encendidos discursos en favor de la anexión de Cuba. El último de ellos lanzó violentas acusaciones contra el gobierno de Millard Fillmore (1850-1853) porque, según entendía, había consentido el sacrificio de Narciso López y del coronel William L. Crittenden.
A raíz del triunfo de Pierce, un periódico de su país afirmaba que “ todas las ganancias territoriales de los Estados Unidos habían sido hechas bajo gobiernos del Partido Democrático”, y advertía que “El triunfo no podía dejar de significar nuevos aumentos territoriales y una nueva expansión del comercio”.
En la parada nocturna realizada para celebrar la elección de Pierce en Nueva York, en uno de los carteles transparentes, se leía: “La adquisición de Cuba porcompra”. (Continuará).