La fábula de “El escorpión y la rana”, atribuida erróneamente a Esopo, es el retrato perfecto de la naturaleza humana, fundamentalmente en lo concerniente a la escasa nobleza y a esa eterna vocación por apelar al cuchillo pérfido.

El grave error de la rana radicó, justamente, en presumir que el escorpión podía comportarse con la nobleza que su esencia no le permite.

Es una equivocación reiterada: al no conocer la esencia humana, no nos percatamos de una raíz que caracteriza giros y conductas. Por eso, el escorpión se comporta y comportará de una manera singular, saliendo tradicionalmente de sus zonas borrascosas al caer el sol, acaso para evitar la claridad que vuelve visibles ciertas cosas. Por la gracia divina, su carga venenosa no tiene efectos mortales en las personas. Te clava el veneno, y nada más.

En múltiples ámbitos de la vida, los comportamientos propios del escorpión se ponen de manifiesto. Inclusive, poseer la habilidad de identificar sus pasos e intentos perniciosos contribuye a una prevención saludable, desnudándolos con evidencias irrefutables para que sepan que uno lo sabe. En el fondo, es el recurso de sobrevivencia de insuficiencias que siempre asumen el talento del adversario a derrotar, pero por vías indecorosas siempre aptas para coronar la mediocridad como regla y nunca excepción.

La ponzoña se altera en la consecución de sus cruzadas porque transfiere a los terceros sus miserias privadas. Presumen en los otros lo que ellos son.

Su tragedia es que nunca hicieron la tarea, ni invirtieron tiempo en lecturas básicas, no se fascinaron por lenguas extranjeras, saben que comunicar no es su fuerte, desdeñaron conocer los barrios, callejones, patios, municipios, provincias, y cuando piensan lo hacen con faltas ortográficas. De ahí la ira e intentos demoníacos por adquirir lo que se creen merecer y de manera olímpica obstruir la posibilidad de otros de obtener las cuotas merecidas. Se sienten victoriosos cuando obstruyen y no construyen.

Con una genialidad de excepción, Gregorio Marañón en Tiberio. Historia de un resentimiento (1939) estableció buenas bases para leer esa categoría emocional que se almacena en la conciencia, impactando fundamentalmente a las personas de escasa generosidad. Lo dramático consiste en su capacidad expansiva y vocación de tocar todos los niveles de la pirámide social. Cabilderos, empresarios, políticos, intelectuales, atletas, comunicadores… representan el variopinto de referentes por excelencia de la amargura existencial.

Sus ponzoñas venenosas pretenden extender la dosis para igualarse frente a los que se destacan por la fuerza del talento y las virtudes.

Ya lo escribió Armando en su cuento “El Gato”:

— Oh, ya sabes cómo son esas reuniones… la canasta, unos cuantos cócteles y chismes, muchos chismes.

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