Cada vez que aparece un outsider con posibilidades reales de alcanzar el poder, una parte del sistema político reacciona con preocupación.

Se pregunta quién es.

De dónde salió.

Quién lo financia.

A quién responde.

Qué intereses representa.

Y, quizás, una de las preguntas que más inquieta:

¿Podremos controlarlo?

Pero pocas veces se formula la pregunta verdaderamente importante:

¿Qué hicimos —o qué dejamos de hacer— para que millones de ciudadanos decidieran buscar una alternativa fuera de nosotros?

Ahí comienza el verdadero debate.

Los outsiders no aparecen de la nada

Un outsider político no surge espontáneamente.

Generalmente encuentra terreno fértil cuando existe frustración acumulada, pérdida de confianza en las instituciones, promesas incumplidas, corrupción, desigualdad, ineficiencia gubernamental y desgaste de los partidos tradicionales.

La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos.

Alberto Fujimori en Perú, Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Nayib Bukele en El Salvador, Rodolfo Hernández en Colombia y Javier Milei en Argentina son líderes profundamente diferentes entre sí.

Sin embargo, todos encontraron, en distintos grados, sociedades insatisfechas con el orden político existente.

El análisis histórico realizado muestra precisamente que en América Latina los outsiders suelen surgir en momentos de crisis política, social o económica y de pérdida de confianza en las instituciones tradicionales.

Por eso considero que existe una idea que merece ser discutida con mucha mayor profundidad:

El outsider no es necesariamente la causa del problema. Muchas veces es su consecuencia.

Cuando las promesas dejan de significar algo

Durante décadas hemos escuchado palabras como desarrollo, transformación, igualdad, transparencia, modernización, participación y bienestar.

Cada campaña electoral vuelve a pronunciarlas.

Pero para una parte considerable de la población llega un momento en que las palabras pierden valor si no se convierten en resultados.

Porque las personas no viven de discursos.

Viven de empleos.

De seguridad.

De educación.

De salud.

De transporte.

De servicios públicos.

De oportunidades.

De justicia.

De instituciones que funcionen cuando realmente las necesitan.

Cuando una democracia promete continuamente y cumple insuficientemente, comienza a erosionarse algo muchísimo más importante que la popularidad de un gobierno:

la confianza.

Y cuando desaparece la confianza, el ciudadano empieza a mirar hacia otro lugar.

El voto outsider también puede ser una protesta

No todos los ciudadanos que votan por un outsider necesariamente comparten completamente sus ideas.

Algunos simplemente quieren decir:

“Ya no quiero lo mismo.”

Ese voto puede ser esperanza.

Puede ser indignación.

Puede ser desesperación.

Puede ser castigo.

O puede reunir las cuatro cosas al mismo tiempo.

Por eso los sistemas políticos cometen un grave error cuando interpretan el fenómeno exclusivamente como ignorancia del electorado, manipulación de las redes sociales o populismo.

Es posible que esos factores existan.

Pero también existe una ciudadanía diciendo:

“Ustedes tuvieron la oportunidad y no resolvieron.”

Ignorar ese mensaje es quizás la mejor manera de conseguir que el próximo outsider sea todavía más fuerte.

¿Por qué el outsider incomoda al círculo de poder?

El poder nunca está compuesto exclusivamente por quienes ocupan cargos públicos.

Alrededor del Estado existen redes políticas, económicas, empresariales, territoriales, burocráticas, partidarias y comunicacionales que durante años aprenden a convivir, negociar, influirse y mantener determinados equilibrios.

Cuando aparece alguien que no procede de esas estructuras, introduce una variable desconocida.

No sabemos exactamente cómo reaccionará.

No conocemos todas sus alianzas.

No necesariamente utiliza los canales tradicionales.

Puede comunicarse directamente con millones de personas mediante plataformas digitales.

Y, sobre todo, puede construir legitimidad sin pedir inicialmente permiso a quienes históricamente han administrado las puertas de entrada al poder.

Por eso el outsider puede resultar incómodo.

No afirmaría que todos los grupos de poder intentan controlar a todos los políticos. Sería una generalización imposible de sostener.

Pero sí podemos reconocer algo:

todo actor que modifica un equilibrio de poder genera resistencia entre quienes se beneficiaban del equilibrio anterior.

Eso no pertenece solamente a la política.

Pertenece a la naturaleza de las organizaciones.

Pero cuidado: ser outsider no convierte a nadie en salvador

Aquí debemos evitar caer en el extremo contrario.

Si los partidos tradicionales pueden fracasar, también puede fracasar un outsider.

Si una élite puede utilizar el Estado para preservar sus intereses, un outsider puede construir su propia élite.

Si un sistema puede concentrar poder, también puede hacerlo quien llegó prometiendo combatirlo.

La experiencia latinoamericana demuestra que algunos outsiders han terminado desarrollando liderazgos altamente personalistas después de llegar al gobierno.

Por eso el dilema que debemos plantearnos no debería ser:

políticos tradicionales versus outsiders.

La pregunta debe ser mucho más exigente:

¿Quién puede construir instituciones capaces de trabajar para el bien común?

Ahí está el verdadero desafío.

Gobernar para el bien común

Para mí, gobernar debería significar algo relativamente sencillo de entender aunque extraordinariamente difícil de ejecutar:

colocar a las personas en el centro.

No al partido.

No al funcionario.

No al empresario.

No al grupo económico.

No al líder.

No al presidente.

A las personas.

Eso significa construir un Estado donde exista una integración adecuada entre personas, procesos, herramientas e instituciones, orientada hacia resultados concretos.

Un Estado capaz de:

Escuchar.

Planificar.

Ejecutar.

Medir.

Corregir.

Rendir cuentas.

Y aprender.

Un Estado que no trabaje solamente para resolver la crisis de hoy, sino para evitar la crisis de mañana.

El mejor gobierno no es aquel que necesita un salvador

Existe una peligrosa costumbre latinoamericana de depositar nuestras esperanzas en una persona.

Esperamos

Al presidente fuerte.

Al líder transformador.

Al empresario exitoso.

Al militar disciplinado.

Al técnico brillante.

Al outsider incorruptible.

Al hombre o la mujer providencial.

Pero ningún país debería depender de una persona para funcionar.

Una democracia madura debería construir sistemas capaces de continuar funcionando independientemente de quién gobierne.

Ese debería ser nuestro objetivo.

No necesitamos gobernantes indispensables. Necesitamos instituciones indispensables.

Cuando un país necesita constantemente encontrar un salvador significa que probablemente sus instituciones todavía no son suficientemente fuertes.

Quizás estamos combatiendo el síntoma

Cuando un outsider comienza a crecer, los partidos tradicionales muchas veces concentran esfuerzos en detenerlo.

Pero tal vez deberían concentrarse en algo diferente:

Recuperar la confianza ciudadana.

Cumplir.

Rendir cuentas.

Renovarse.

Abrir oportunidades.

Eliminar privilegios.

Escuchar los territorios.

Profesionalizar el Estado.

Fortalecer las instituciones.

Resolver problemas.

Porque mientras continúen existiendo ciudadanos convencidos de que las instituciones no los representan, siempre aparecerá alguien dispuesto a decir:

“Yo no soy parte de ellos.”

Y habrá personas dispuestas a escucharlo.

La gran pregunta no es quién controla el poder

Quizás hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos:

¿Quién tiene el poder?

Necesitamos comenzar a preguntar:

¿Para qué queremos el poder?

Si es para preservar posiciones, distribuir privilegios, proteger grupos o garantizar permanencia política, estaremos construyendo exactamente las condiciones que generan nuevos outsiders.

Pero si entendemos el poder como una herramienta de servicio público, podemos comenzar a construir algo diferente.

Una democracia donde gobernar signifique crear bienestar colectivo.

Donde la política vuelva a ser una herramienta para resolver problemas.

Donde las diferencias puedan coexistir.

Donde las instituciones sean mayores que las personas.

Y donde el bien común deje de ser una expresión bonita incluida en los discursos y se convierta en el verdadero indicador de desempeño del Estado.

Por eso, cuando aparece un outsider, antes de preguntarnos cómo detenerlo deberíamos preguntarnos:

¿qué está tratando de decirnos la sociedad a través de él?

Porque quizás el outsider no sea el problema.

Quizás sea solamente el espejo.

Un espejo que nos muestra las promesas incumplidas, las instituciones debilitadas, los ciudadanos olvidados y las reformas que durante demasiado tiempo decidimos postergar.

Y los espejos pueden resultar incómodos.

Pero romper el espejo nunca ha corregido aquello que refleja.

“El outsider no es el problema; es el indicador de una falla sistémica. Cuando el Estado deja de trabajar por el bien común, la ciudadanía comienza a buscar respuestas fuera de quienes tradicionalmente han administrado el poder.”

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