A Luis Abinader le dio por quitar su fotografía de las oficinas públicas apenas llegó al Gobierno.
Era agosto de 2020. Había COVID, muertos, mascarillas. El país estaba cerrado. La economía también. Muy pocos vimos el gesto.
Parecía modestia.
Quizá era otra cosa.
Este 16 de agosto Luis Abinader cumple seis años como presidente.
Llegó prometiendo algo raro. Decencia. La historia dominicana nos cuenta que esa palabra suele durar poco.
Veníamos intoxicados de cinismo. Todo parecía amarrado. Un contrato. Un nombramiento. Una licitación.
La transparencia aparecía bastante más en los discursos que en las cuentas.
Del presidente también sospechábamos.
Abinader ganó ofreciendo no parecerse a aquello.
Y le tocó gobernar.
Primero una pandemia que paralizó el mundo. Después inflación, guerras, crisis internacionales, Haití y un Estado dominicano con esa capacidad casi artística de producir sus propios problemas.
El país salió.
Abinader también.
Ganó otra vez. Su partido arrasó. Consiguió una mayoría enorme y llegó a su sexto año con algo bastante más difícil que ganar elecciones: autoridad propia.
Luis Abinader es hoy políticamente más grande que su Gobierno.
Probablemente también que el partido.
Eso importa.
Nuestra historia conoce demasiado bien lo que suele ocurrir cuando un presidente llega a ese punto.
Aparecen los imprescindibles. Los que empiezan a explicar que un hombre así ya no puede ser sustituido. Después vienen la estabilidad, el crecimiento, el pueblo, la patria y, si todavía falta algún argumento, la Divina Providencia.
En fin, la lambonería.
Abinader tuvo poder suficiente para creérselo.
No se lo creyó.
En 2024 tenía también los votos para reformar la Constitución.
Aquí un presidente popular, una mayoría congresual y la Constitución en la misma habitación nunca han sido una combinación inocente.
Esta vez fue distinto.
La reforma terminó poniendo límites que también alcanzan al hombre que la impulsó.
Pudo hacer otra cosa.
No la hizo.
Eso no convierte su Gobierno en perfecto. Ha habido reformas pendientes, escándalos y funcionarios que terminaron convirtiéndose en problemas.
Algunos golpes vinieron de fuera.
Otros salieron del propio Gobierno.
Abinader siguió.
Pero seis años permiten mirar más allá de los golpes y los errores.
Qué cambió.
Y cambió la exigencia.
Hoy una sospecha pesa más. Un funcionario cuestionado cuesta más. Una institución que se hace la loca irrita más.
No porque hayamos dejado de desconfiar.
Porque Abinader llegó diciendo que debíamos exigir otra cosa.
Y lo hicimos.
Abinader terminó sometido a la misma vara que ayudó a levantar.
Eso tiene un costo.
También tiene un valor.
Todavía le quedan dos años.
Tiempo suficiente para que este balance todavía le quede pequeño.
Por eso aquella fotografía de 2020 se entiende mejor ahora.
Luis Abinader no necesitaba su cara detrás de cada escritorio.
El poder venía con el cargo.
La autoridad no.