Este lunes entra en vigor el nuevo Código Penal. Los días previos dijeron más de sus protagonistas que de la ley.
El problema no fue la protesta. Ojalá aquí protestáramos más. El problema fue que la negociación venía de antes. El propio presidente dijo luego que llevaba unas cinco semanas discutiendo cambios con comunicadores y otros sectores. La protesta llegó después, con cámaras, pancartas y puños levantados.
En 2020, la Plaza de la Bandera tuvo una causa que cualquiera podía explicar: unas elecciones suspendidas y una institución obligada a responder. Esta vez se intentó alquilar aquella épica para presentar como conquista callejera una conversación que ya estaba en marcha.
Creo en la calle. Por eso me molesta que la conviertan en utilería. Una protesta no es un reel con gente al fondo.
El Código tenía problemas y varios de sus artículos fueron corregidos antes de entrar en vigor. Lo que no tenía era la dictadura que le inventaron.
La procuradora general tuvo que aclarar que los memes, las caricaturas, las parodias, las sátiras y la crítica social no son delitos. Hubo que emitir una nota oficial para explicar que un meme no manda a nadie a Najayo.
Hasta ahí llegó la seriedad del debate.
La figura del ultraje, convertida aquí en prueba de una tiranía tropical, tiene una formulación cercana en el Código Penal francés. Eso no la vuelve buena. Sí vuelve bastante cómico imaginar a nuestros libertadores de Instagram dándoles lecciones de democracia a los franceses.
Leer el Código llevaba horas. Declarar la dictadura tomaba treinta segundos y daba más likes.
Las redes sirven para avisar. Para pensar son pésimas. Su negocio no es que entendamos, sino que no nos vayamos. Premian la furia, castigan la duda y convierten cualquier certeza instantánea en espectáculo.
Ahí prospera la farándula política.
La política seria es bastante menos fotogénica. Hay que leer, comparar, negociar, corregir y luego cargar con lo decidido. La farándula necesita apenas un villano, una consigna y una cámara.
Para quienes acudieron de buena fe, aquello pudo ser una protesta. Para quienes conocían las conversaciones y aun así vendieron una rebelión, fue teatro. La gente puso el cuerpo sin saber que otros ya conocían el final.
Cuando se supo que la negociación llevaba semanas, la revolución perdió bastante solemnidad. Había pasado por recepción antes de salir a combatir al tirano.
Palacio no tuvo que desacreditar a nadie. Las fechas hicieron el trabajo.
Tener seguidores no es representar al país. Una tendencia no es un mandato. Una reunión con el presidente tampoco convierte a nadie en autoridad moral. A veces solo significa que alguien consiguió una reunión.
La protesta merece respeto porque la democracia la necesita. No puede convertirse en escenografía de una victoria que ya se estaba negociando.
La dictadura del ruido no manda a callar. Hace algo más eficaz: nos entrega un libreto y consigue que lo gritemos como si fuera nuestro.