Un accidente de tránsito, una imprudencia al volante, un semáforo ignorado o una decisión irresponsable de conducir bajo los efectos del alcohol bastan para convertir una jornada normal en una tragedia.
Las cifras dadas a conocer por el Hospital Regional Universitario José María Cabral y Báez deben provocar una profunda reflexión nacional.
Que entre 22 y 30 personas accidentadas ingresen diariamente a ese centro de salud no representa simplemente una estadística; es el retrato de una crisis silenciosa que continúa cobrando vidas, dejando discapacidades permanentes y consumiendo enormes recursos del sistema sanitario dominicano.
Resulta preocupante que entre un 25 % y un 30 % de las camas del principal hospital del Cibao permanezcan ocupadas por pacientes víctimas de accidentes de tránsito.
Esto significa que decenas de personas que requieren atención por otras enfermedades deben competir por espacios, quirófanos y recursos que terminan siendo utilizados para enfrentar consecuencias que, en muchos casos, pudieron evitarse.
Más alarmante aún es el impacto económico. Atender a un paciente politraumatizado puede costar desde RD$300,000 hasta más de RD$2 millones. Son recursos que salen del sistema de salud, financiados por el Estado y por los seguros médicos, recursos que podrían destinarse a fortalecer la prevención, adquirir nuevos equipos, ampliar servicios o atender otras enfermedades de alta complejidad.
Sin embargo, el verdadero costo no puede medirse únicamente en pesos. Detrás de cada accidente existe una familia angustiada, niños que esperan a un padre que nunca regresará igual, personas que pierden su capacidad para trabajar y hogares que deben reorganizar completamente sus vidas para cuidar a un ser querido con lesiones permanentes.
Las declaraciones del director del hospital ponen el dedo sobre una realidad conocida por todos: el alcohol y la imprudencia siguen siendo los grandes enemigos de la seguridad vial.
Conducir bajo los efectos del alcohol, exceder los límites de velocidad, utilizar el teléfono celular mientras se maneja o ignorar las señales de tránsito son decisiones que siguen cobrando un precio demasiado alto.
No es casualidad que el mayor número de accidentes ocurra entre las seis de la tarde y la medianoche, precisamente cuando aumenta el consumo de bebidas alcohólicas y el flujo vehicular.
Como bien expresó el doctor José Luis Bautista, existen dos elementos que jamás deben encontrarse: el volante y el alcohol.
La República Dominicana ha realizado esfuerzos para fortalecer la legislación sobre tránsito y seguridad vial. Sin embargo, ninguna ley será suficiente si los ciudadanos continúan creyendo que las normas existen para ser ignoradas. La educación vial debe comenzar desde las escuelas, reforzarse en los hogares y mantenerse mediante campañas permanentes que creen una verdadera cultura de respeto por la vida.
Corresponde también a las autoridades intensificar la fiscalización, aplicar sanciones sin excepciones y garantizar que quien conduzca de manera temeraria asuma las consecuencias de sus actos. La impunidad en las vías solo alimenta la repetición de conductas irresponsables.
El Hospital Cabral y Báez demuestra cada día una extraordinaria capacidad para salvar vidas. Sus médicos, enfermeras y personal de apoyo trabajan sin descanso para atender emergencias cada vez más complejas.
No obstante, ningún sistema de salud puede sostener indefinidamente una carga provocada por la irresponsabilidad colectiva.
La mejor cirugía seguirá siendo la que nunca tuvo que realizarse. La mejor cama hospitalaria será siempre aquella que permanece disponible porque alguien decidió respetar un semáforo, utilizar el cinturón de seguridad, colocarse el casco protector o entregar las llaves cuando había consumido alcohol.
Como sociedad, debemos entender que los accidentes de tránsito no son producto del destino. En la mayoría de los casos son consecuencia de decisiones humanas. Mientras no cambiemos nuestra cultura vial, seguiremos llenando hospitales, enlutando familias y pagando un costo que la República Dominicana ya no puede seguir soportando.
Respetar la vida comienza mucho antes de llegar a un hospital; comienza en el momento en que cada conductor enciende el motor y decide actuar con responsabilidad.