El reciente espectáculo en el Teatro Nacional no fue un evento fortuito ni una gala aislada. Fue una muestra contundente y vibrante organizada por el Ministerio de Educación para exponer el talento que se gesta en la Modalidad en Artes desde los diferentes centros educativos de todo el país.

Quienes estuvimos allí fuimos testigos de un derroche de dones, carisma, disciplina y un nivel técnico que dejó claro que el arte en las escuelas públicas no es un accesorio del currículo, sino un pulmón vital para nuestra juventud.

Es justo reconocer el repunte que ha tenido esta área en la gestión actual. El propio ministro de Educación y las autoridades educativas han mostrado una apertura refrescante.

El ministro ha admitido con honestidad que, previo a asumir el cargo, no conocía a fondo el alcance de esta modalidad; sin embargo, ha decidido impulsarla con convicción porque cree en el arte y la cultura como motores de desarrollo humano. Ese respaldo institucional se nota en los escenarios; hay un cambio de ritmo y una voluntad política que antes no existía.

Sin embargo, para que este brillo no se quede solo en el aplauso de una noche de gala, estamos obligados a mirar la otra cara de la moneda.

Urgencia alpha

Entender el arte en las aulas ya no es un lujo pedagógico, es una urgencia histórica. Mientras los Baby Boomers y la Generación X construyeron el sistema bajo la rigidez del deber, y los Millennials y la Generación Z intentaron adaptarlo, los estudiantes que hoy llenan las aulas pertenecen a la Generación Alpha (nacidos desde 2010).

Esta cohorte no conoce un mundo sin interactividad; para ellos, la frontera entre lo real y lo creativo ha desaparecido. No son alumnos que esperan recibir información pasiva; son creadores natos que necesitan el arte para decodificar un mundo que ya no es convencional ni tradicional.

Como bien señalan sociólogos y firmas de tendencias como McCrindle, esta es la cohorte más estimulada visualmente de la historia. Son nativos digitales puros que miran la vida desde otra óptica: no la ven de forma convencional ni tradicional.

Para estos muchachos, el mundo no se procesa mediante la memorización rígida o las estructuras lineales del siglo pasado; su lenguaje natural es la cocreación, la expresión visual y la interactividad. El arte, para ellos, no es un pasatiempo de fin de semana, es su forma de procesar la realidad y construir su identidad.

Muro convencional

A pesar de los frutos maravillosos que hoy cosechamos —los cuales han requerido profundos planes de intervención para nivelar y estructurar los centros—, dentro del mismo sistema educativo persiste una resistencia arcaica.

Todavía hay tomadores de decisiones, e inclusive docentes, que ven el arte con escepticismo. Prevalece una visión limitada que solo otorga valor real al bachillerato general o al técnico-profesional enfocado en los negocios y oficios tradicionales.

Para el “docente convencional”, la Modalidad en Artes parece ser un estorbo o una opción menos digna, bajo el erróneo entendido de que al estudiante “solo hay que prepararlo para pasar las Pruebas Nacionales”.

Se ignora que el arte es, en sí mismo, una competencia ocupacional de altísimo valor en la economía naranja actual, y que restarle mérito es dar la espalda al futuro del empleo.

Salvavidas social

Debemos entender que potenciar estos centros es, quizás, la estrategia más poderosa que tenemos para arrebatarle nuestros muchachos a la calle. En un contexto social complejo, donde el lado perverso del mundo urbano acecha con promesas vacías y conductas de riesgo, el arte ofrece propósito, pertenencia y disciplina.

Un joven que cambia las esquinas por un instrumento, un pincel o el escenario del Teatro Nacional, es un joven que le cierra la puerta a la vulnerabilidad social.

Desafío mediático

Estamos en una época donde la mala noticia es la que vende y lo negativo acapara los titulares. Por eso, visibilizar estos logros es un acto de responsabilidad periodística y social. Hay miles de jóvenes formándose con excelencia y muchos otros buscando opciones de vida distintas.

El repunte de la Modalidad en Artes es real y el talento sobra en las provincias de nuestro país. Ahora el gran reto es institucional: falta que el sistema, desde sus cimientos y su mentalidad docente, entienda que formar artistas es también formar ciudadanos críticos, sensibles y productivos.

El Teatro Nacional fue el síntoma de lo que somos capaces de lograr; la meta debe ser que esa excelencia deje de ser la excepción de un evento y se convierta en la norma de la educación dominicana.

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