Nací bajo un gobierno democrático que poco después sería interrumpido por los militares. Crecí escuchando hablar de reforma agraria, de patria, de revolución, de orden, de inflación, de terrorismo, de corrupción, de democracia recuperada y de democracia nuevamente herida.

He vivido más de 58 años mirando al Perú cambiar de presidentes, de constituciones, de modelos económicos, de promesas y de discursos. Pero hay una pregunta que no deja de acompañarme:

¿Qué hicimos realmente con tanto dolor, tanto talento y tanta oportunidad?

Porque no basta con decir que un gobierno fue bueno o malo. La historia de un país no cabe en una consigna. El Perú ha tenido momentos de avance y momentos de vergüenza. Ha tenido gobiernos que corrigieron injusticias, pero crearon otras. Gobiernos que trajeron estabilidad, pero debilitaron instituciones. Gobiernos que hablaron de inclusión, pero dejaron territorios enteros esperando. Gobiernos que prometieron moralizar, pero terminaron investigados, vacados, fugados, presos o desacreditados.

Y ahí está, quizás, nuestra primera gran lección: el Perú no ha fracasado por falta de talento; ha fallado demasiadas veces por falta de institucionalidad.

Lo que se hizo bien

Se hizo bien reconocer que el Perú profundo existía.

Durante décadas, el campesino, el indígena, el poblador rural y el ciudadano lejos de Lima parecían vivir en un país paralelo. La reforma agraria, con todos sus errores y consecuencias, obligó al país a mirar una desigualdad histórica. No todo se hizo bien. No todo se planificó bien. Pero se abrió una conversación que no podía seguir escondida bajo la alfombra de las haciendas, los apellidos y los privilegios.

Se hizo bien recuperar la democracia después del gobierno militar.

Volver a votar en 1980 fue más que un acto electoral. Fue una señal de que el país quería regresar a la vida civil. Pero la democracia volvió débil, con un Estado que no llegaba a todo el territorio y con una violencia que empezaba a crecer desde los márgenes que nadie quiso mirar a tiempo.

Se hizo bien enfrentar al terrorismo.

El Perú vivió años de miedo, sangre y silencio. Sendero Luminoso golpeó con crueldad al país, especialmente a los más pobres, a los más alejados, a los menos protegidos. Derrotar al terrorismo fue una necesidad histórica. Pero también hay que decirlo con claridad: combatir el terror no autorizaba violar derechos humanos. El Estado debía defender la vida sin perder el alma.

Se hizo bien estabilizar la economía.

Después de la hiperinflación, del caos y de la angustia cotidiana, el Perú logró ordenar sus cuentas, controlar la inflación, atraer inversión y crecer. Millones de peruanos salieron de la pobreza. Se fortaleció una clase media. Se abrió el país al mundo. Eso no es menor. La estabilidad económica fue una conquista.

Pero aquí viene la otra parte: la estabilidad económica sin justicia territorial es una mesa coja. Crecer no basta si el ciudadano sigue sin agua, sin salud, sin seguridad, sin educación de calidad y sin un Estado que lo trate con dignidad.

Lo que se hizo mal

Se hizo mal creer que el fin justificaba los medios.

El Perú ha pagado caro esa frase. Se aceptó demasiadas veces que, en nombre del orden, se atropellaran instituciones. Se toleró que la fuerza reemplazara al diálogo. Se justificó que el poder se concentrara porque “había que resolver”. Pero cuando un país permite que alguien rompa las reglas para salvarlo, termina quedándose sin reglas y sin salvador.

Se hizo mal no construir partidos políticos serios.

Hemos tenido caudillos, movimientos, vientres de alquiler, alianzas improvisadas y candidaturas de coyuntura. Pero no hemos construido suficientes organizaciones políticas con doctrina, formación, cuadros técnicos, ética pública y presencia territorial real. Y sin partidos serios, la democracia se convierte en casting electoral.

Se hizo mal abandonar la institucionalidad.

El Congreso y el Ejecutivo se han enfrentado como enemigos, no como poderes del Estado. La vacancia se volvió arma. La censura, cálculo. La representación, negocio. La política dejó de ser puente y se volvió trinchera.

Y cuando la política se vuelve trinchera, el ciudadano queda en medio.

Se hizo mal no escuchar a tiempo al interior del país.

El Perú rural, andino, amazónico y periférico no aparece solo en elecciones. Existe todos los días. Produce, trabaja, migra, resiste, protesta, vota y espera. Pero demasiadas veces se le mira tarde, se le atiende tarde y se le entiende tarde. Después nos sorprendemos cuando el voto expresa rabia, hartazgo o desconfianza.

No es sorpresa. Es acumulación.

Se hizo mal permitir que la corrupción se volviera paisaje.

Cuando casi todos los expresidentes recientes terminan investigados, procesados, encarcelados, destituidos o moralmente cuestionados, el problema ya no es solo personal. Es sistémico. Es un modelo que permite financiar campañas sin transparencia, gobernar sin rendición de cuentas y usar el Estado como botín.

La corrupción no solo roba dinero. Roba confianza. Roba futuro. Roba la posibilidad de creer.

La gran contradicción peruana

El Perú puede crecer y desordenarse al mismo tiempo.

Puede exportar minerales y no garantizar agua.

Puede tener gastronomía de orgullo mundial y niños con anemia.

Puede tener talento emprendedor y trabajadores informales.

Puede tener elecciones constantes y poca representación real.

Puede tener historia milenaria y memoria corta.

Esa es nuestra contradicción.

Somos un país capaz de levantarse de crisis inmensas, pero también capaz de repetir los errores que nos llevaron a ellas.

Lo que toca ahora

No se trata de mirar atrás para repartir culpas solamente. Se trata de mirar atrás para aprender.

El Perú necesita una nueva conversación nacional. No una conversación de odio. No una conversación de bandos. No una conversación entre Lima y Lima. Una conversación real, territorial, honesta, incómoda y necesaria.

Necesitamos reconstruir partidos.

Necesitamos defender instituciones.

Necesitamos descentralizar con capacidad, no solo con discurso.

Necesitamos que la economía crezca, sí, pero también que incluya.

Necesitamos memoria para no repetir violencia.

Necesitamos justicia para no normalizar impunidad.

Necesitamos ciudadanía para no delegarlo todo a políticos que luego decimos no reconocer.

Porque un país no se arregla solo cambiando presidentes.

Un país se arregla cambiando la forma en que entiende el poder.

Y quizás esa sea la mayor lección de estos 58 años de vida mirando al Perú: hemos tenido gobiernos fuertes, gobiernos débiles, gobiernos militares, gobiernos democráticos, gobiernos de transición y gobiernos en crisis. Pero todavía nos falta construir un Estado que cuide, una política que represente y una ciudadanía que no se conforme con sobrevivir.

Yo nací en el Perú.

Y aunque la vida me haya llevado por otros caminos, el Perú sigue siendo parte de mi memoria, de mi identidad y de mi pregunta.

¿Qué país queremos dejar?

No el país perfecto. Ese no existe.

Pero sí uno más justo, más decente, más institucional y más capaz de convertir su dolor en aprendizaje.

Porque el Perú no necesita otro salvador.

Necesita ciudadanos, instituciones y propósito común.

Y eso, todavía, estamos a tiempo de construirlo.

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