Las excusas se perdieron, están extraviadas detrás de las pantallas que reproducen la magnificencia del régimen. Quedaron atrapadas entre la utilería propia del espectáculo, ahí también están las hilachas de las justificaciones. Hay interferencia en el audio que reproduce las alabanzas del coro que ha transmitido el entusiasmo y ameniza la alegoría del Cambio.
¿Cuándo ocurrió? De repente no ha sido. El sainete ético con sus chamanes trabajó tan bien que los nuevos ocupantes de Palacio-2020-parecían arcángeles y querubines dispuestos a proteger el erario y a perseguir a los depredadores del antiguo gobierno.
Fin de la impunidad, pero para otros, no para nosotros y la acción persecutora solo valdrá contra los autores de la corrupción administrativa-morada-.
Comenzó el descaro y el desacato. La evaluación de desempeño de los servidores judiciales y representantes del ministerio público ha dependido del proceder con esos casos, lo demás vendrá por añadidura, aunque no llega. Por eso el desastre carcelario preocupó cuando la crisis arriesgó el encubrimiento y comenzó la actividad para amortiguar enojos, siempre dispersos, siempre controlados.
Comenzó la obsesión con las reformas hasta el ridículo de lo innecesario. Legiferar para contemplación y récord y al mismo tiempo el desprecio por la aplicación de las leyes. Limbo jurídico incomprensible con las consecuencias previsibles. Un primer periodo de acotejos y rimbombancias teóricas disparatadas. Amagar y no dar para sumar y garantizar fidelidad.
La tradición política criolla repite que los muertos de campaña no se pagan sin embargo las deudas y promesas sí deben honrarse. Cada uno como caballeros, todos juntos como malandrines que son, se encargan de recordarle al jefe el favor y son complacidos. Algunos con esplendidez otros con cicatería, pero aceptan seducidos por la nómina pública.
Desde los tarantines con nombre de partido político adscritos al Cambio hasta los adláteres, prestanombres, parientes, reales o putativos, han recibido su tajada. Fiesta y mañana gallo ha sido consigna, ahora la sensación de gallera es preocupante.
Antes de la entronización de la narcopolítica, el legendario narcotraficante Florián Féliz desafió al juez que le solicitó en audiencia quitarse las gafas oscuras. Ven, quítamelas, le dijo el capo. Pregunté entonces, aludiendo la fábula de Esopo si el lobo había llegado-Grados Celsius-RUMBO-. Tal despliegue de poder auguraba el imperio del crimen.
Hoy, el colectivo, lejos del deslumbre inicial que produjo el abinaderismo, percibe que el caos, la inseguridad, el dominio de la plaga impune de motoristas, se impone. Dueños de calles, parajes, autopistas, amenazan y agreden a la ciudadanía que no obtempera sus designios.
Las autoridades, indiferentes a las advertencias, permitieron que el lobo llegara. Los infractores motorizados delinquen prevalidos de la impunidad que les protege.
Existen pactos no escritos de cumplimiento irrenunciable y de concesiones inadmisibles en un estado de derecho. El respaldo militante del amo de Fenamoto a la campaña presidencial, auguraba estos lodos.
El desborde pudo evitarse aplicando la ley de “Movilidad, Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial”, texto convertido, de manera inexplicable, en quimera. Los avisos fueron considerados agravios, complicidad con el pasado. Repetir “fallamos” no evita, confirma la presencia del lobo, ratifica el peligro, la desprotección.






