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Más sabe el Diego por Sabala que por Sigala

El martes apacible y luminoso servía de fondo a la comida en La Dolcerie. Nada hacía presagiar cosas fuera de lo común. Pero el empresario Domingo Dauhajre, el anfitrión, trajo a colación a Julio Sabala, y a partir de entonces los orishas y los santos se alinearon en una sucesión de cuentos, canciones, risas, testimonios y memorias que harían del resto del día una jornada para la historia.

Ocurre que al terminar el almuerzo, bordeando las seis de la tarde, nadie se veía con caras de despedida. Incluso cuando Diego El Cigala y sus acompañantes tenían la obligación de retornar a Punta Cana, e incluso cuando la comida y la tertulia habían sido todo un deleite, quedaba un trasunto colectivo, un no se qué , una aspiración clandestina de seguir meándonos de la risa.

Así que consideré adecuado el momento para sacar una carta debajo de la manga. «Por qué no vienen a mi casa?» De manera que en pocos minutos, el convoy de tres vehículos nos siguieron a mí y a Julio unas pocas cuadras, en el mismo Piantini, y aquel puñado de parroquianos subimos a casa. Sin comerlo ni beberlo. Sin mediar un previo aviso.

Una de los primeros desafíos a resolver es que, a diferencia de otras épocas

-cuando me bebía hasta el agua de los floreros-, no tengo bodega en casa. Hace algún tiempo dejé el romo. Y para tres gitanos y un payo entre los visitantes no había manera de entenderlo. De modo que llamé a Alfonso Merelo, mi vecino español, hermano de muchos años, y en pocos minutos, al saber del calibre de los visitantes, se apareció con una caja de Presidente. Para empezar.

El segundo asunto a discutir, ya interpretadas varias canciones, ya casi sin fuerzas para reírnos más, era el tema de la cena. «Qué vamos a comer?» No se si dejamos por sentado en párrafos anteriores que no había nada planificado. Y Julio, dando cátedras de su condición de mago, colocó sobre la mesa el nombre impensado. Una opción simple, rápida y sin género alguno de complicaciones. Ustedes y yo pensaríamos en alternativas lujosas, por el calibre de la visita. Pero el màs importante y conocido imitador del planeta decidió sacarnos de abajo de una patana cargada de cemento: Pizzas, dijo.

Así que en minutos, estábamos hablando de sabores y de alternativas para ordenar.  Julio de nuevo pone los puntos sobre las íes. «Las pizzas o son de pepperoni o de queso. No hay más!”. Y al rato estaba la sala repleta de cuatro opciones, y los comensales hicieron galas de una gula propia de la edad media, ajenos a fama, a trayectorias y a nombradías.

En ese punto, hacía rato que Julio había mandado a buscar un equipo de sonido doméstico, subiendo de nivel el entusiasmo en el salón de familia de la casa, porque además , hablando desde el celular, pronunció «Mi guitarra», lo que fue interpretado como el inicio de una noche que prometía ser inolvidable.

En la pantalla, los videos deJulio imitando simultáneamente a Lola Flores y Celia Cruz, en Chile, o el mismísimo Diego El Cigala cantándose en karaoke. Era evidente: ninguno podíamos dar crédito a lo que veíamos, un concierto privado de Diego, aderezado por los cuentos recurrentes de Julio, y por las explosiones de risas colectivas, o de aplausos frenéticos de aquel puñado de presentes.

John Ozuna, Rosa Polanco, Alfonso Merelo, Juan Carlos Romero (Brecha), y quien suscribe nos sabíamos testigos de una velada memorable. Sabíamos que aquella noche de marzo sería irrepetible y épica. Y aunque han pasado ya otras cuatro o cinco, no paramos de pellizcarnos, porque a veces nos asaltan las dudas al pensar si la noche fue cierta. O si la soñamos.

Por Marcelino Ozuna 

La entrada Más sabe el Diego por Sabala que por Sigala se publicó primero en El Nuevo Diario (República Dominicana).

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